por: Harold Suárez Llápiz , crítico e investigador de arte Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 29 de diciembre del año 2025

La imagen del Che Guevara muerto y recostado sobre la lavandería del Hospital Nuestro Señor de Malta, en Vallegrande, recorrió el mundo entero aquel 9 de octubre de 1967. El propósito de los militares bolivianos y de la CIA norteamericana era mostrarlo con heridas de bala en el cuerpo, desde el cuello hacia abajo, aduciendo que supuestamente murió en combate, cuando en realidad fue asesinado mediante una ejecución sumaria llevada a cabo en el interior de una humilde escuela rural, ubicada en el remoto pueblo llamado La Higuera. Sin embargo, lo único que consiguieron fue convertirlo en un mártir e inmortalizar su figura y su leyenda a través de los años, incluso de manera similar a figuras como Cristo, perennizando su causa más allá de los fracasos de su lucha ideológica.

En cuanto a Fredy Escóbar Vega, siempre digo que es un magnífico muralista encerrado muchas veces —por las circunstancias de la vida— dentro de la superficie de un lienzo que apenas cabe en un caballete. Indudablemente es un maestro de la luz y del color, pero además puedo afirmar categóricamente que es uno de los más connotados dibujantes bolivianos contemporáneos.

Nuestro artista no pretende plasmar al guerrillero a través de una representación hiperrealista común; tampoco lo suyo es una loa que intenta “idealizar” aún más su figura. ¿Elegía pictórica? El Che se ve representado a través de una neofiguración expresionista que adquiere volumetrías extendidas, tanto que incluso parecen desbordar los límites del lienzo. Lo suyo son distorsiones caprichosas, pero concebidas a través de una notable resolución plástica. Las pinceladas del muralista cochabambino son enérgicas, matéricas, dramáticas, gestuales y espontáneas (que incluso nos remiten al dripping de Jackson Pollock). En su trabajo podemos ver densas redes de líneas, hilos y hasta salpicaduras que cubren partes de la superficie del lienzo; solo que, a diferencia del maestro norteamericano, Fredy es un pintor esencialmente figurativo, obviamente respaldado técnicamente por su portentoso dibujo.

Si bien el cuerpo del revolucionario argentino-cubano se ve inerte, la impactante expresión de su rostro, con los ojos abiertos, hace que pareciera cobrar vida, logrando trascender dicha imagen para siempre en la memoria colectiva de la humanidad, incluso mucho después del final de su existencia física. Se trata, pues, de una figura histórica que fue transformada en un ícono global idealizado, devenido en un potente símbolo revolucionario y contracultural.

Las imágenes de su joven cadáver postrado en la lavandería se han convertido —al igual que la famosa fotografía de Alberto Korda— en objetos fetiche y símbolos universales. Lo cierto es que el enorme díptico del maestro Fredy Escóbar nos revela que el Che finalmente no solo se inmoló por su causa, sino que también fue inmolado para ser mostrado como un propagandístico “trofeo de guerra”.



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