por Reynaldo J. Gonzales, investigador en artes y artista.

La primera exposición de arte abstracto en Bolivia se inauguró el 4 de marzo de 1953 en la sala de exposiciones de la alcaldía paceña de la calle Colón. Titulada “Ocho pintores contemporáneos” reunió trabajos de los jóvenes pintores Armando Pacheco, María Luisa Pacheco, María Esther Ballivián, Jorge Carrasco, Mario Campuzano Guerra, Enrique Beuer, Freddy Velasco y Raúl Calderón. El evento causó inusitada controversia en los periódicos de la época entre comentaristas entusiastas que aplaudían la llegada del arte moderno a Bolivia y, otros, los conservadores, que denunciaban la abstracción como una impostura. En un medio cultural aislado/cerradoi y atrasado en la adopción de las vanguardias artísticas de la modernidadii, esta polémica se extendería por décadas sin afectar, sin embargo, el hecho de que la abstracción había llegado no solo para quedarse, sino para constituirse en una de las corrientes más importantes y representativas del arte boliviano.

Aunque los registros sobre esta exposición no son muy claros debería llamar la atención un hecho corroborado por todas las fuentes: Ninguna de sus obras fue plenamente abstracta, al menos no en el sentido en el que ahora entendemos la abstracción. En efecto, las descripciones y los registros fotográficos hacen referencia a obras semi figurativas bajo estilizaciones cubistas y expresionistas así como a un par de replicas constructivistas. En este sentido, en un primer momento el concepto de “arte abstracto” en Bolivia refirió ante todo una adscripción a las corrientes internacionales del arte en oposición a las corrientes predominantes en el país: un Indigenismo agotado y una incipiente pintura social impulsada como arte oficial desde el Gobierno de la Revolución Nacional del 52. Es decir, esta muestra constituyó, ante todo, un gesto de renovación en la plástica nacional, una vindicación de la autonomía artística frente a un figurativismo subordinado a la propaganda y una manifestación de intenciones para inclusión del arte boliviano en el escenario internacional.

De este modo, resulta más adecuado datar los orígenes del arte abstracto en Bolivia hacia mediados de los 50 sin poderse precisar con exactitud si estos se dieron en las obras subsecuentes de los ocho contemporáneos, en la obra de pintores de una generación inmediatamente posterior o en las esculturas altamente estilizadas que desde esa misma década comenzara a desarrollar Marina Núñez del Prado. Lo cierto es que para la década de 1960 se encontraba ya plenamente posicionado como una de las corrientes fundamentales del arte nacional como lo demuestran cuatro hechos: La selección de los ocho contemporáneos para la representación boliviana en la Bienal de São Paulo de 1956; la premiación de obras abstractas en las primeras versiones del Salón Municipal Pedro Domingo Murillo de La Paziii; la inclusión de artistas abstractos y de la categoría de “arte abstracto” en el libro “Pintura Contemporánea (1952-1962)” de José de Mesa y Teresa Gisbert; y la realización de una segunda exposición importante de artistas abstractos en enero de 1962 presentando a una segunda generación de abstraccionistas que se adhería a la primeraiv.

Las décadas de 1960 y 1970 serán un periodo definitorio para la constitución de la abstracción boliviana. En este proceso tiene vital importancia María Luisa Pacheco quien, instalada en Nueva York desde 1956 propondría una pintura informalista “con notables referencias conceptuales y formales al paisaje montañoso de los Andes bolivianos” (Querejazu, 2018: 191), es decir, un arte moderno y universal a la vez vindicador de una identidad propia afincada en sus raíces bolivianas. En efecto, durante 26 años Pacheco produciría una pintura abstracta que en distintos grados evoca el paisaje andino, ya sea en las referencias geográficas de sus composiciones y títulos o, acaso más importante, en una apropiación muy particular de su luz, sus texturas y sus colores. Su caso merece una mención especial debido a que logró constituirse, innegablemente, como la artista boliviana de mayor proyección internacional (junto a Núñez del Prado) y en tanto que su abstracción proyectó hacia el mundo una imagen de Bolivia muy lejana del indigenismo.

Simultáneamente en el país surgieron numerosos artistas que, aunque clasificados con la etiqueta de abstractos en oposición a los artistas sociales, tenían muy poco en común entre sí. En efecto, como señala Querejazu, la abstracción boliviana se caracterizó “por una amplia gama de propuestas, desde una figuración sintética y estilizada, pasando por estilizaciones acentuadas, hasta figuras realmente abstractas” (Querejazu, 2018: 191)”, sin que pudiesen establecerse corrientes, movimientos o escuelas.

En este heterogeneidad, sin embargo, prevalecerían en las décadas siguientes cuatro tipos principales:
- La abstracción andina o telúrica: Correspondiente a artistas cuyas obras se vincularon en forma y contenidos al paisaje andino. Esta tipología internacional, practicada desde la década de los 60 en Ecuador, Perú y Bolivia, se caracterizó por tres aspectos: La escogencia de los artistas de un tipo particular de materiales y referencias, siendo estas, en el caso boliviano, “la naturaleza telúrica de un paisaje antropomorfo” (Barnitz, 2001: 165); un lenguaje en el que se prioriza “el gesto de entrelazar, reconstruir y componer” (Traba, 1994:99); y “un legado de naturaleza arqueológica y antropológica más que psicoanalítica” (Barnitz, 2010:17). Pintores como María Luisa Pacheco, Alfredo La Placa, Antonio Llanque, Óscar Pantoja, Luis Zilvetti, David Pringle, Gonzalo Ribero, entre otros, podrían ser inscritos en esta corriente.
- La abstracción matérica: Muy relacionada con la anterior, esta corriente privilegió lo matérico en la evocación de texturas pétreas y minerales por medio de las técnicas mixtas, pero omitiendo el paisaje andino como referente y optando por composiciones determinadas por formas geométricas. Obras de Oscar Pantoja, Alfredo Da Silva, Herminio Forno, Yolanda Bastos, Hugo Rojas, podrían ser consideradas en esta clasificación.
- La abstracción expresionista: De manera un poco más débil a las corrientes mencionadas hasta este punto también se desarrolló en Bolivia una abstracción influenciada por el Expresionismo Abstracto de la Escuela de Nueva York. Esta pintura, principalmente enfocada en la expresividad del color y la gestualidad de la action painting también evitó referencias directas a una identidad local. Acaso las obras más destacas de esta vertiente sean las de Antonio Mariaca, María Esther Ballivián y Gonzalo Rodríguez. Cercana a esta es la obra de artistas de generaciones más recientes como Ángeles Fabbri, Cecilia Lampo, Keiko González y Roxana Hartmann.
- La abstracción cinética: Corriente conformada por artistas que “se preocuparon por la representación del espacio, es decir, por la ejecución de obras en tres o cuatro dimensiones” (Querejazu, 2018: 25). Entre ellos sobresalieron Rudy Ayoroa y César Jordán, cuyas pinturas representan figuras y volúmenes geométricos con gran virtuosismo técnico.

Ante las clasificaciones propuestas anteriormente pueden, por supuesto, presentarse algunas consideraciones: 1. Que muchos de los artistas que practicaron la abstracción en Bolivia alternaron con el figurativismo (o viceversa) encontrándose notables obras abstractas firmadas por nombres como Enrique Arnal, Erasmo Zarzuela, Moises Chire Barrientos, Gildaro Antezana, entre otros. 2. Que muy pocos artistas abstractos desarrollaron su obra en un solo tipo de abstracción llegando a conseguir un estilo propio y característico, practicando la mayoría – con clara vocación experimental – estilos diversos que hacen difícil la inscripción de su obra en una sola categoría. y 3. Que aunque la abstracción se dio con preminencia en la disciplina pictórica –especialmente al óleo y en técnicas mixtas – ello no implica, por supuesto, la inexistencia de obras abstractas en escultura (Marina Núñez del Prado, León Saavedra, Francine Secretan, Danielle Caillet), dibujo (María Luisa Pacheco, Keiko González), grabado (María Esther Ballivían), collage textil y ensamble (Inés Córdova).

Para terminar, quisiera mencionar un tema pendiente para el estudio de la historia del arte que nos remite al inicio de estos apuntes: La mayor parte de los artistas conformantes de “Los ocho contemporáneos”, y de los artistas abstractos inmediatamente posteriores compartieron como característica sociológica común su adscripción a grupos urbanos de clase media y alta, habiendo tenido muchos de ellos la oportunidad de recibir formación artística en el extranjero.

Hacia la mitad de la década de los 50, sin embargo, emergerá en el escenario artístico local un pintor abstracto de identidad cultural aymara, origen rural y clase socioeconómica baja, cuya formación se dio enteramente en una Escuela de Bellas Artes de La Paz: Antonio Llanque Huanca (1930-1963). Si las dataciones de Querejazu son correctas, podría ser el primer artista abstracto de Bolivia, o al menos así lo demuestran sus obras “Óptica” (1954), “Pintura No.3 (1954)”, “Sin título” (1960) en las que el referente figurativo ha desaparecido casi por completo. Llanque es un precedente para una gran parte de los artistas que participan en este Encuentro Nacional y muchas de las características de su perfil y de su obra refutan muchas de las críticas al arte abstracto boliviano vertidas anacrónicamente por Salazar (1989) en sentido de que se tratase de una importación cultural alienante. La presencia de Llanque entre los primeros artistas abstractos, y de tantos otros artistas abstractos de diferentes orígenes socioculturales en las décadas que le siguieron, evidencia que la abstracción no fue ni es un lenguaje reservado a un grupo particular, ni constituye una alienación cultural de ninguna índole, al menos no para ojos liberados de prejuicios e ignorancia. La diversidad de corrientes expuestas en este Encuentro de 2022, así como la de los artistas participantes, lo demuestra.












Bibliografía básica
- Barnitz, Jacqueline. María Luisa Pacheco en el mundo del arte internacional. En: María Luisa Pacheco. Oxigeno Cultura Visual. La Paz, 2010.
- Barnitz, Jacqueline. Twentieth-Century Art of Latin America. University of Texas Press. Austin, Texas, 2001.
- Castedo Leopoldo. Exposición retrospectiva de María Luisa Pacheco. En: El Diario, 11, 13 y 15 de agosto de 1976. La Paz, 1976.
- Castedo, Leopoldo. Historia del Arte Iberoamericano, 2. Siglo XIX, Siglo XX. Editorial Andrés Bello. Alianza Editorial. Madrid, 1988.
- Castedo, Leopoldo. Bolivia en el contexto de la Pintura Latinoamericana. En: Pintura boliviana del Siglo XX. Banco Hipotecario Nacional. Ediciones “INBO”. La Paz, 1989. Milán, Italia, 1989.
- Cirlot, Juan Eduardo. Diccionario de los Ismos. Editorial Argos. Barcelona, 1949.
- Elger, Dietmar. Arte abstracto. Editorial Taschen. Slovakia, 2007.
i Ver: Traba, Marta. Bolivia salida a la Tierra (1977).
ii Ver: Vila, Margarita. La influencia de las vanguardias en el arte boliviano del siglo XX. La Paz, 1998.
iii De hecho, la obra ganadora del gran premio de la primera versión del “Salón Municipal Pedro Domingo Murillo” fue una pintura considerada por entonces como abstracta: “Siembra” (1953), de María Luisa Pacheco. En 1960 se premiará la pintura ya plenamente abstracta “Dominante en azul” de Alfredo La Placa.
iv Esta segunda exposición, reseñada por Rigoberto Villarroel (1975), reunió a 14 artistas: Armando Pacheco, María Luisa Pacheco, María Esther Ballivián, Antonio Mariaca, Alfredo La Placa, Alfredo Da Silva, Hugo Lara, Jorge Flores, Rosario Tablares, César Benavente, Oscar Pantoja, Antonio Llanque, Gonzalo Rodríguez y Fernando Capriles.
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