Por Mónica Camacho Canedo

María Yolanda Georgette Canedo Quiroga nació el 3 de mayo de 1940, en la ciudad de Cochabamba, en el seno de una familia terrateniente. Hija de José Canedo López y Yolanda Quiroga Ocampo, fue la primogénita de un hogar marcado por las tradiciones, la posición social y una vida que, en sus primeros años, parecía trazada con la serenidad de lo estable y lo permanente.
Cursó sus estudios en el Colegio Santa María de Cochabamba y más tarde fue interna en el colegio Sagrados Corazones de La Paz. Allí, entre aulas y pasillos, forjó amistades femeninas que habrían de acompañarla durante toda su vida, consolidando un círculo social que sería también espacio de afinidades intelectuales y sensibilidad compartida.
El año 1952 irrumpió como un punto de quiebre en su historia personal. Las profundas transformaciones sociales que vivió Bolivia, especialmente la Reforma Agraria, alteraron no solo la estructura económica del país, sino también el universo cotidiano al que Georgette estaba acostumbrada. Aquella sacudida histórica dejó una huella indeleble en su conciencia, modelando su pensamiento literario y su mirada política y social. Desde entonces, su sensibilidad estaría atravesada por la memoria de ese tránsito entre dos épocas.
Desde niña mostró una inclinación natural hacia el arte. Siendo aún muy joven, tomó clases de danzas españolas con el maestro Vicente Colomer. Su interpretación de la Danza del Fuego, de Manuel de Falla, en el Teatro Achá de Cochabamba, reveló una presencia escénica intensa, capaz de conjugar técnica y emoción en una misma llama.
Además de su formación académica, su espíritu artístico también se expresó en la música, encontró en el piano un lenguaje propio. Lo interpretaba con disciplina y pasión, alcanzando un nivel virtuoso que la llevó a ganar un concurso nacional alrededor de 1959. En el escenario, el instrumento parecía prolongar su temperamento: firme, delicado y profundo a la vez.

El 31 de julio de 1960 contrajo matrimonio con Edgar Camacho Omiste, abogado y diplomático especializado en Derecho Internacional. Con él inició una nueva etapa marcada por los viajes y la vida pública. Se trasladaron a La Paz, donde Edgar comenzó una destacada carrera política y diplomática que pronto los llevaría más allá de las fronteras bolivianas. De este matrimonio nacieron tres hijos: Georgina, Mónica y Juan Sebastián.
Montevideo (1966 – 1968) fue el primer destino de su vida diplomática y también un territorio fértil para su vocación cultural. En esa ciudad fortaleció su cercanía con la literatura, el teatro y el cine. Participó en cursos del emblemático Teatro El Galpón, asistió a presentaciones en el Teatro Solís y en el SODRE, y se convirtió en promotora activa del arte y la tradición boliviana. En esta misma ciudad, presentó la película Ukamau, de Jorge Sanjinés, y organizó un desfile de la diseñadora Deisy Wende que realizó primero en Buenos Aires, llevando consigo una imagen viva y contemporánea del acervo cultural boliviano.
Así, entre el arte, la historia y la diplomacia, la vida de Georgette fue tejiéndose como una trama donde la sensibilidad estética y el compromiso con su tiempo caminaron siempre de la mano.

En 1969 la familia retornó a Bolivia. Georgette acompañó entonces a Edgar en su alta responsabilidad como Canciller de la República. Fue una etapa de intensa vida pública, pero también de silencioso y constante compromiso social. Lejos de limitarse al protocolo, orientó su energía hacia los sectores más vulnerables: niños, personas con discapacidad y familias de escasos recursos.
Impulsó y colaboró en la construcción de centros de salud y de rehabilitación como el de Villa Antofagasta que actualmente está ubicado en la Ciudad de El Alto, junto a la primera dama de ese entonces colaboró en CONAME (Consejo Nacional del Menor) promoviendo campañas solidarias; organizando donaciones y recursos destinados a la infancia. Su sensibilidad no era circunstancial; respondía a una convicción profunda de que la acción social debía ser concreta, cercana y sostenida en el tiempo. En cada iniciativa se advertía la misma delicadeza y determinación que habían marcado su relación con el arte.
Más adelante (1970 -1972), la vida diplomática los condujo a la ciudad de Lima, Perú. Allí, en una atmósfera cultural vibrante y diversa, Georgette continuó ampliando su horizonte intelectual. Estudió idiomas, asistió a cursos y talleres de arte y literatura, y siguió promoviendo con entusiasmo el arte y las tradiciones bolivianas, convirtiéndose en un puente cultural entre países hermanos.
Fue en Lima donde entró en contacto con destacados artistas, escritores, músicos e intelectuales peruanos y latinoamericanos. Aquellos encuentros nutrieron su pensamiento y engrandecieron una vocación que ya se encontraba firmemente arraigada en su espíritu: la de vivir el arte no solo como expresión estética, sino como diálogo, identidad y memoria compartida.
Tras la experiencia en Lima, Georgette y su familia se trasladaron a Cambridge (1973), Inglaterra. Aquel nuevo destino no solo significó un cambio geográfico, sino una etapa de profunda maduración intelectual. En el ambiente académico y cosmopolita de la ciudad universitaria, consolidó su vocación por la escritura, la traducción del inglés al español y la crítica literaria. Participó en cursos especializados que fortalecieron su formación y le permitieron dialogar con nuevas corrientes de pensamiento.

Fue también en ese tiempo cuando su reflexión feminista adquirió mayor densidad y claridad. La lectura atenta de Simone de Beauvoir y Germaine Greer amplió su perspectiva sobre la condición de la mujer en la historia y en la cultura, otorgándole herramientas conceptuales para articular una postura crítica, lúcida y comprometida. Su pensamiento, ya sensible a las transformaciones sociales desde la juventud, encontró en aquellas autoras una resonancia profunda.
La vida cultural en Inglaterra fue intensa y estimulante. Asistió a seminarios y conferencias, frecuentó teatros, óperas y funciones de ballet; recorrió museos y galerías donde pudo contemplar, con mirada atenta y espíritu reflexivo, las grandes obras del arte universal. Cada experiencia ampliaba su horizonte estético y nutría su sensibilidad creadora.
Durante ese período emprendió además un extenso viaje por diversos países europeos. En cada ciudad buscó el encuentro con los legados artísticos que han marcado la historia de la humanidad: pinturas, esculturas, arquitectura, literatura. Ese recorrido no fue solo turístico, sino formativo; una suerte de peregrinación cultural que consolidó su visión del arte como patrimonio común y como expresión suprema de la experiencia humana.
A su retorno a La Paz, Bolivia (1974 – 1976), inicia una etapa de intensa actividad intelectual y cultural. Es entonces cuando realiza sus primeras publicaciones de crítica literaria, en diferentes suplementos literarios de periódicos paceños y emprende la traducción de algunos capítulos de La mujer eunuco, de Germaine Greer, obra fundamental del pensamiento feminista contemporáneo. Paralelamente, se integra activamente a la vida musical de la ciudad, participando y llegando a presidir la Sociedad Filarmónica de La Paz, institución dedicada a la difusión de la música clásica, la ópera y el ballet. En ese mismo espíritu de compromiso cultural, fundó junto a otras mujeres el Movimiento Andino Cultural (M.A.C.).

Posteriormente, Georgette retorna a Lima (1976 – 1979) junto a su esposo, Edgar y toda su familia. Al reanudar él sus actividades diplomáticas, y ella sus compromisos sociales, artísticos e intelectuales, decide dar un paso decisivo en su formación académica e intelectual: se inscribe en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos para cursar la carrera de Literatura y Lingüística. Durante este período continúa ejerciendo la crítica literaria con renovado rigor, mientras en su interior comienzan a gestarse las ideas que más adelante darían forma a sus propias obras. Hablaba con frecuencia de escribir sobre su infancia, sobre su familia y sobre Cochabamba, la ciudad que marcó profundamente su memoria y su sensibilidad, temas que poco a poco se iban transformando en materia literaria.
En esos mismos años, Georgette desplegó también una silenciosa pero constante labor de solidaridad. Brindó apoyo a numerosos bolivianos exiliados, ofreciéndoles hospedaje en su propio hogar durante largos períodos y gestionando, con discreción y firme compromiso, alternativas para que pudieran establecerse, encontrar vivienda y acceder a oportunidades de trabajo. Su casa se convirtió así en un espacio de acogida y contención, reflejo de su profunda sensibilidad social y de su inquebrantable vínculo con su país de origen.
A su retorno a Bolivia (1979), Georgette inicia junto a su esposo una etapa de intensa participación política, marcada por el firme compromiso con la recuperación y defensa de la democracia. En medio de ese clima convulso, continúa con la producción de crítica literaria y trabaja en los primeros borradores de los textos que más adelante se convertirían en sus libros. Su amor por la palabra escrita se hace cada vez más evidente, y frecuenta con asiduidad los círculos literarios, donde el intercambio intelectual alimenta su vocación creadora. Sin embargo, la llegada de una nueva dictadura militar vuelve a ensombrecer el panorama nacional, y son muchas las adversidades, incertidumbres y sinsabores que le toca enfrentar, experiencias que marcarían profundamente su vida y su escritura.
Es en 1983, con el retorno de la democracia a Bolivia, cuando Georgette, Edgar, y toda la familia se trasladan una vez más a Lima. En esta nueva etapa, y movida por una convicción largamente madurada, decide retomar formalmente su formación académica e inscribirse en la Pontificia Universidad Católica del Perú para continuar la carrera de Literatura y Lingüística.

La rigurosidad de los estudios, la exigencia intelectual y la profundidad de las materias que asumió como parte de este desafío marcaron de manera decisiva su trayectoria. Fue un período intenso y, sin duda, exigente, pero también profundamente revelador. En esas aulas terminó de consolidar la formación académica que tanto había anhelado, fortaleciendo las herramientas críticas y teóricas que darían sustento definitivo a su voz literaria. Fue, en suma, un momento crucial en la configuración plena de la escritora.
Este retorno a Lima fortaleció también los vínculos que Georgette había tejido años atrás en la ciudad. Entre ellos, destacó de manera especial la estrecha amistad que cultivó con Marina Núñez del Prado, la escultora boliviana de renombre internacional. Unidas por la sensibilidad artística y el profundo amor por su país, Georgette promovió exposiciones de la obra de Marina en círculos diplomáticos y en espacios vinculados a organismos internacionales, contribuyendo activamente a la proyección de su trabajo.
Son recordadas las noches bohemias en Lima que Marina y su esposo, Jorge Falcón, ofrecían en su casa del Olivar: veladas colmadas de música, conversación y arte, donde se reunían destacados músicos y artistas peruanos y latinoamericanos. En ese ambiente de efervescencia cultural, Georgette encontraba un espacio natural de intercambio y creación. Con el mismo espíritu, replicaba en su propio hogar aquellas reuniones entrañables, abriendo sus puertas con generosidad tanto a figuras del mundo artístico como a compatriotas que necesitaran apoyo, reafirmando así su permanente vocación de hospitalidad y compromiso cultural.
A su retorno a la ciudad de La Paz en 1986, inicia una nueva etapa en su vida marcada por una intensa actividad intelectual y cultural. En 1989 publica el libro ¿Creéis en fantasmas?, obra que reúne una serie de ensayos en los que reflexiona sobre los “fantasmas” que impulsan y habitan el espíritu del creador, entendidos no como apariciones sobrenaturales, sino como presencias simbólicas, memorias e inquietudes que alimentan el proceso creativo.

En este mismo periodo (1987) funda el Centro de Formación y Cultura Summa Artis, institución dedicada a la enseñanza bajo una estructura modular. Allí se imparten cursos en diversas áreas del conocimiento, como literatura en sus múltiples temáticas, historia del arte, historia universal, mitología griega, filosofía y pensamiento político, entre otras. Asimismo, se desarrollan talleres de Danza Clásica, Artes Marciales y otras disciplinas artísticas.
El centro contó con un plantel de docentes debidamente preparados para cada especialidad. La figura principal e impulsora del proyecto fue, sin duda, Georgette, acompañada y apoyada activamente por su esposo, Edgar, con quien compartió la visión de crear un espacio integral de formación cultural y humana.
Su labor literaria fue reconocida con su incorporación como miembro de número de la Academia Boliviana de la Lengua, donde ocupó la silla “L”. Su discurso de ingreso, titulado “Tradición y ruptura en la lírica moderna”, fue pronunciado el 30 de abril de 1990 y recibió la respuesta del académico Juan Quiroz, en una ceremonia que consolidó su prestigio dentro del ámbito intelectual boliviano.
En 1992 realizó una investigación literaria en Madrid, España, invitada por el Instituto de Investigación Iberoamericana. Durante esta estancia profundizó en la obra de Luis de Góngora, aproximación crítica que más tarde daría origen a uno de sus libros dedicados al estudio del barroco y sus proyecciones en la lírica contemporánea.
A su retorno al país, fue elegida Concejal Suplente por la ciudad de La Paz y ejerció el cargo de Directora General de Cultura entre 1991 y 1993. Durante su gestión impulsó una intensa actividad cultural, promoviendo la presencia de artistas internacionales de gran relevancia y fortaleciendo los espacios de difusión artística en la ciudad. Su trabajo se orientó a consolidar políticas culturales que integraran literatura, música, artes plásticas y pensamiento crítico, contribuyendo de manera significativa al dinamismo cultural paceño de la época.
En 1991 publicó su segundo libro, No, pero les temo, presentado en la Casa de la Cultura Franz Tamayo. La obra se constituyó en una continuidad y, a la vez, en una profundización temática respecto de su primer libro, afianzando su voz dentro de la crítica y la creación literaria del medio cultural boliviano.
Asimismo, fue profesora invitada en la Universidad Mayor de San Andrés, donde destacó especialmente por el dictado de un curso de Literatura Japonesa, evidencia de la amplitud de sus intereses intelectuales y de su constante apertura hacia otras tradiciones culturales.

En medio de esta incesante labor cultural, su esposo, Edgar Camacho, fue nombrado Representante Permanente de Bolivia ante la Organización de las Naciones Unidas, con sede en la ciudad de Nueva York, lo que significó un nuevo traslado para la familia. En esta ciudad, Georgette Canedo de Camacho realizó estudios especializados en Literatura Comparada, Literatura Norteamericana e Historia del Arte en la Universidad de Nueva York y en el Molloy College, ampliando y consolidando así su sólida formación académica internacional.
En esta etapa continuó promoviendo activamente el arte y la cultura boliviana, impulsando a diversos creadores para la difusión internacional de sus obras. Destaca, en este contexto, la exposición del reconocido pintor Alfredo La Placa en la sede de la Organización de las Naciones Unidas, realizada con motivo del quincuagésimo aniversario de la institución, acontecimiento que permitió proyectar el arte boliviano en un escenario de alcance mundial.
En 1996 presentó también en Naciones Unidas su libro El color, la luz, el oro. Aproximación encantada a Góngora, resultado de la investigación iniciada años antes en Madrid. Según palabras de la propia autora, su “investigación fue llevada a cabo por el placer de disfrutar el tema en sí y con la esperanza de acercar a Góngora a nuevos lectores”. La obra fue difundida posteriormente en la librería Borders de Washington D.C., y más tarde presentada en la ciudad de La Paz, consolidando así su proyección internacional. Recibió importantes distinciones, como el premio UNICEF a la Personalidad del año (Nueva York, 1997).
A su regreso a Bolivia, se dedicó a la docencia en el Centro de Formación y Cultura Summa Artis, donde impartió cursos de Historia del Arte, Mitología Griega y Grandes Obras de la Literatura Universal. En esta labor volcó la experiencia y los conocimientos adquiridos durante su estancia en el exterior, contribuyendo a la formación humanística de nuevas generaciones.
Como reflexión madura de su vivencia artística y cultural en la ciudad de Nueva York, publicó en 1999 el libro Analectas de la Gran Manzana. En esta obra profundiza en su concepción de la escritura, el cine y las artes visuales.
El volumen se construye como una selección de textos breves —fragmentos, apuntes y meditaciones literarias— escritos en Nueva York entre 1994 y 1996, que la autora reunió y ofreció al lector con especial esmero y afecto. En ellos se advierte una voz reflexiva que dialoga con el arte contemporáneo y con la experiencia íntima del desplazamiento, integrando memoria, observación y pensamiento estético en una prosa cuidadosamente elaborada.

En el año 2002 publicó su poemario Tan solo de ida, obra dedicada a sus padres, Yolanda y José. En este libro la autora despliega una poesía de tono íntimo y reflexivo, donde la memoria, el afecto filial y la conciencia del tiempo se entrelazan con una sensibilidad depurada.
La dedicatoria no solo constituye un gesto personal, sino también un eje temático que atraviesa el conjunto del poemario, en el que la palabra poética se convierte en espacio de evocación, gratitud y permanencia.
En 2003 publicó una de sus obras más significativas, La máscara de Artemisa, novela de ficción ambientada en los meses previos a la Revolución Nacional de 1952 en Bolivia.
Si bien la narrativa sobre ese periodo histórico no es abundante, resulta aún más escasa aquella que indaga en la mentalidad y las formas de vida de las familias de estructura feudal que marcaron esa etapa. En este sentido, la novela de Georgette Canedo de Camacho ofrece una reconstrucción literaria de ese mundo en transformación.
A través de personajes ficticios —algunos inspirados en figuras reales— la autora recompone el tejido de relaciones humanas, afectivas y sociales que con frecuencia queda fuera de los relatos historiográficos tradicionales. La obra adquiere así un carácter testimonial, aun cuando haya sido escrita medio siglo después de los acontecimientos, pues reactiva la memoria colectiva y recupera la vida y el pensamiento de quienes no siempre encuentran lugar en las páginas de la historia oficial.

Con esta novela, Canedo de Camacho confirma su capacidad para entrelazar literatura e historia, memoria y ficción, consolidando una propuesta narrativa de notable densidad cultural y humana.
En 2004, Edgar Camacho fue nombrado embajador de Bolivia en Brasil, motivo por el cual la familia se trasladó a la ciudad de Brasilia. Durante esta nueva etapa en el exterior, además de acompañar las funciones de representación diplomática, Georgette desarrolló una intensa actividad creativa.
Fue en Brasilia donde escribió su novela Tan solo en su agonía, obra en la que despliega una fusión poética de ironía, humor y realismo. La narrativa induce a profundas reflexiones sobre el valor y la dignidad de la condición humana; en ella, los personajes viven, sueñan, luchan y mueren en búsqueda de trascendencia y de su esencia vital. La novela confirma la madurez estilística de la autora y su permanente preocupación por los dilemas existenciales del ser humano.
También en Brasilia recibió el reconocimiento al Mérito Literario otorgado por la Academia Internacional de Cultura Brasilense en 2005, distinción que reafirmó su proyección y prestigio en el ámbito cultural internacional.

El libro fue publicado en La Paz Bolivia en el año 2007.
A su retorno a Bolivia retomó con renovado impulso su labor cultural y literaria, así como la docencia en el Centro de Formación y Cultura Summa Artis, espacio en el que continuó compartiendo su vasta experiencia intelectual.
En 2011 presentó la que sería su última producción literaria, Casilda ya no vuelve, volumen compuesto por doce cuentos. La obra reúne relatos breves, cargados de intriga y desvelo, que narran hechos, situaciones y desenlaces inesperados.
Los cuentos presentan personajes provenientes de distintas clases sociales y contextos humanos diversos. Aunque cada historia posee su singularidad, todas comparten una atmósfera de tensión que apela, en ciertos momentos, al horror como recurso narrativo para despertar primero la curiosidad y, finalmente, la compasión del lector. Con este libro, Georgette Canedo de Camacho cierra su trayectoria literaria reafirmando su capacidad para explorar las zonas más complejas y sensibles de la experiencia humana.
A finales de 2012, Georgette y Edgar decidieron retornar a Cochabamba. Poco tiempo después del regreso, Edgar falleció, hecho que marcó profundamente esta etapa de su vida.
A pesar de la pérdida, Georgette continuó durante algunos años con su actividad intelectual y literaria, presentando su obra en países como Chile y Perú, donde su producción fue recibida con interés en círculos académicos y culturales.

En 2021 regresó a La Paz, ciudad en la que transcurrieron sus últimos años. Ya retirada de la vida social y de la actividad literaria pública, permaneció dedicada al ámbito familiar, acompañada y cuidada por sus hijos.
Falleció pacíficamente el 13 de julio de 2025, rodeada del amor de su familia, dejando como legado una obra sólida y coherente que testimonia su compromiso con la literatura, el arte y la cultura boliviana.
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