Teoría de la gravedad: Cuando lo íntimo se poetiza

Por Rodrigo Villegas

Hace poco, en una maravillosa novela de la escritora colombiana Margarita García Robayo, que titula Lo que no aprendí, me topé con el siguiente párrafo: “Cuando uno necesita decir algo necesita decírselo a alguien, no al mundo. Y ese es el problema de los escritores, que confundimos el mundo con alguien”. Aquella afirmación me da pie para hablar de Teoría de la gravedad, el hermoso libro de la escritora argentina Leila Guerriero.

A Guerriero tal vez la ubicamos más por sus crónicas y perfiles, esos que la han encumbrado a lo más grande del periodismo latinoamericano contemporáneo, compartiendo aquel sitial con escritores como Martín Caparrós, Juan Villoro, Alberto Salcedo Ramos y otros más, que han hecho de la crónica algo parecido a la ficción, que han sumergido los testimonios de sus fuentes a la más bella y pulcra literatura. Que han convertido a la crónica en un arma trepidante, “un cuento verdadero”, como decía uno de sus maestros del género, el gran Gabriel García Márquez. Pero en Teoría de la gravedad no hay crónicas como tal. Sino que es un libro compuesto por muchos de los “artículos” que ha publicado en el periódico El País, de España, desde 2014. Y no, no tienen desperdicio.

La ultima cena. Sergei Parajanov.(s.f.)

Porque en este volumen (editado y publicado por la editorial argentina Libros del Asteroide), los textos parecen contarnos la vida misma de Leila, como una especie de autobiografía durísima, sin amagues ni miedos a la palabra, a la verdad. A su verdad, mejor dicho. Ya que la mismísima Guerriero parece interpretarse a sí misma en cada uno de los artículos y en su paulatino avance.

A qué me refiero: a que los textos van de la infancia, de esa familia primeriza y fundadora, a la adolescencia, a la juventud. A ese amor silente por aquel padre tímido, “macho”, obligado a enseñar labores duras y prácticas de la vida. O esa otra relación complicadísima de hija y madre, con toda esa tensión contundente que es capaz de persistir hasta la edad tardía. Y luego, cuando ha logrado salir de casa, lo escrito muda a las experiencias amorosas, a esos hombres que estuvieron, que están o estarán para acompañar la literatura, esa búsqueda. Para más contundencia, cito una frase de uno de los textos: “Él quería una familia, nietos, paz, la casa grande. ¿Yo? Yo solo quería escribir”.

Vendí mi dacha. Sergei Parajanov.(s.f.)

Así, en un juego de espejos, Guerriero va contando lo que observa, lo que siente, lo que le pasa. Porque, como afirma el escritor argentino Pedro Mairal en el prólogo del libro, Leila es una potentísima observadora, capaz de sumergirse en los detalles más ínfimos y darles brillo, consolidarlos en un bloque de arte de altísimo calibre.

Otra cuestión a valorar es la incorporación de poesía en los relatos, en, la mayor parte de las veces, los finales. Guerriero utiliza los versos de, entre muchos, Louise Gluk, T.S. Eliot, Joseph Brodsky, Gonzalo Millán, Basho, Nicanor Parra y Kavafis. Como queriendo decirnos: hay penas que solo pueden ser acompañadas por la poesía. Capaz es la única forma de contenerlas.

Sergei Parajanov.(s.f.)

Porque Guerriero es una lectora total, de esas que van de los libros de crónicas (se nombra uno de Hebe Uhart, a quien le dedica un artículo pleno), a los diarios del portentoso Ricardo Piglia. Luego camina por el territorio empolvado de Roberto Arlt para cruzar a la estancia de William Faulkner y sus Palmeras salvajes, aquella novela monumental de la que Leila extrae unas líneas para cerrar un relato. Ni qué decir los libros de poesía, que parecen ser su epicentro de gravedad.

En fin, Teoría de la gravedad es un libro que abraza las columnas publicadas por Leila Guerriero por casi diez años, pero no es una juntucha basada en, digamos, las fechas de publicación. No, lo que hace Leila (en todos los hoteles y departamentos por los que ha estado de paso, ya sea en Florencia, en París o en Brasil) es darle una forma a todo lo escrito en aquella temporada para amasar (en la columna titulada Escribir compara la elaboración de un pan con la escritura de cualquier material) una autobiografía honesta y brutal, que se enfoca, principalmente, en los comportamientos familiares, en las casas que se habitan en la infancia, en las luchas de poder con los padres, en los traumas y en los momentos brillosos que deja todo aquel tiempo. En lo que nos transforma cuando ya somos mayores y vemos a los adultos convertidos en ancianos, a los niños en hombres y mujeres que deambulan por la vida y de los que a veces nos agarramos para resistir el silencio. En hospitales, cementerios, hoteles, países, escritura, lectura, soledad, sexo y amor (en uno de los artículos utiliza un verso del argentino Fabián Casas que dice: “Parece una ley: todo lo que se pudre forma una familia”). Casualmente, después de concluir con la lectura de Teoría de la gravedad, en el libro de cuentos Sacrificios humanos, de la ecuatoriana María Fernanda Ampuero, encontré la siguiente afirmación: “La medida de la distancia de la familia es la medida del dolor de la familia”. Me parece la mejor forma de terminar este texto.

Sergei Parajanov.(s.f.)

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