por Harold Suárez Llápiz. Crítico e investigador de arte boliviano | Enero de 2026 | Investigación, Difusión y Crítica del Arte Boliviano.
El Illapa, para la cosmovisión incaica precolombina, representaba al dios del rayo, el trueno, el relámpago, la lluvia y la guerra; una deidad fundamental en la cultura andina, crucial para controlar el clima y la agricultura. Era considerado el tercer dios más importante después del gran Viracocha (quien fungía como el padre de todos los dioses y creador del universo, el sol, la luna, la tierra y la humanidad) e Inti (el imponente dios sol inca). El Illapa era asociado con la fertilidad y la destrucción, controlando el agua, elemento vital para las cosechas, y se le veneraba con ofrendas y sacrificios diversos. Lo curioso es que, después de la llegada de los conquistadores españoles, su figura se sincretizó con la del apóstol Santiago Matamoros (patrón del país ibérico). Actualmente, el susodicho santo es tan significativo que su nombre se replica en numerosas poblaciones del altiplano, como ser: Santiago de Huata, de Machaca, de Ojje, entre otros lugares.

A través de la diáfana, luminosa y siempre compleja técnica del agua, el connotado maestro de la acuarela boliviana Javier Fernández Patón retrata al ILLAPA como un dios mitológico, bizarro, poderoso y ecléctico, montado sobre el esqueleto de una especie de corcel de guerra —o lo que quedó de él— devenido en un “waca mecánico” que, por sus características, parece representar la muerte misma. Del equino cuelgan pequeñas ruedas que simbolizan el movimiento. Sus fuertes patas ahora parecen haber adaptado una especie de “ortopedia contemporánea” que nos invita a pensar que todo es posible gracias al desarrollo tecnológico y de la ciencia creativa del ser humano. El peculiar caballo sobrevuela dentro de una gran nube negra, cargada de abundante agua y azarosas tormentas, que posteriormente serán la demostración de su furia contenida.

Javier nos revela una indómita naturaleza que se subleva adoptando una forma corporal, humanizándose a través de sus propios colores y pigmentos transparentes delicadamente disueltos en agua.
El escenario que nos propone Javier es nada menos que la estratosfera, una demostración de la omnisciencia, omnipresencia y omnipotencia de la deidad, ya que debajo de su figura —incluso empequeñecido por su inmensidad— podemos divisar parte de nuestro propio planeta Tierra. En su mano derecha, el Santiago del maestro Fernández sostiene su extravagante arma: nada menos que una temible “espada-rayo”, tan luminosa como un resplandor intenso que impactará contra el adversario que tenga la osadía de desafiar su poder divino.

Por otro lado, un enorme y llamativo penacho precolombino reposa sobre su cabeza, engalanando aún más su gallarda presencia. Por si fuera poco, el rostro de la deidad adquiere un color rojizo-fuego y, a su vez, denota notables rasgos árabes-mudéjares. ¿Acaso se trata de una lectura propia del artista para demostrar la gran influencia de esta civilización en las expresiones culturales, artísticas y arquitectónicas del occidente, tanto en el antiguo como en el nuevo mundo?
Son casi imperceptibles a simple vista los elementos de la fauna andina dentro de la composición de la obra; sin embargo, si observamos la misma con detenimiento, se pueden reconocer figuras de aves y camélidos, además de formas cósmicas, cometas, constelaciones estelares, estrellas, astros, etc. Sin duda, el Santiago Matamoros de Javier fue en su momento convertido por los colonizadores del Nuevo Mundo en un tristemente célebre “Santiago Mata-indios”, que fuera a su vez reinventado para transmitir el dominio español sobre la oprimida población indígena recién conquistada. Dicho esto, no cabe duda de que el Santiago Matamoros del maestro adquiere una fuerte y sólida relación con el Illapa. Se trata de un verdadero híbrido entre lo religioso occidental y lo religioso precolombino.

Nuestro artista realiza una crónica pictórica de la cotidianidad actual, pero haciendo uso de un tratamiento sublime del color y de la composición que lo caracterizan. Además, resuelve magistralmente la pieza a través del acertado uso de los recursos plásticos necesarios que le permiten expresar su propio lenguaje creativo —que por lo general suele ser críptico e inquietante— pero derrochando ilusionismo y magia.
Sin perder su esencia religiosa, espiritual y ritual, el connotado artista paceño nos invita a reflexionar sobre un mundo tecnológico, moderno, clónico y superficial frente a lo sincretizado, lo tradicional y lo cotidiano.

Lo suyo es indudablemente la representación plástica sublime del neobarroco-mestizo contemporáneo en la acuarela boliviana. Un Santiago Illapa contemporáneo que, a su vez, nos permite comprender y valorar su pasado y el contexto histórico que precede su leyenda. Como bien lo expresaba el sacerdote agustino Hans van den Berg: “La ritualidad andina tenía y tiene —aun hasta nuestros días— una fuerte relación con la rica cosmovisión occidental”.
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