Manifiesto del Visionarismo

por Fabrizio Catalano

«Häxan» de Benjamin Christensen (1922)

El mayor pecado de Sicilia —afirmó Leonardo Sciascia en una famosa entrevista de 1978— ha sido y sigue siendo el de no creer en las ideas. Aquí nunca se ha creído que las ideas mueven el mundo. Hay, por supuesto, razones para ello: razones históricas, razones de experiencia; pero es esto lo que siempre ha impedido que Sicilia avance: la creencia de que el mundo nunca podrá ser diferente de lo que ha sido. Ahora bien, dado que esta desconfianza en las ideas —o mejor dicho: esta falta de ideas— se proyecta ya sobre el mundo entero, en este sentido, para mí, Sicilia se ha convertido en su metáfora.

A casi cincuenta años de distancia, en esta primavera de 2026, podemos comprobar —o muchos de nosotros podríamos, si realmente tuviéramos la voluntad, el valor, hasta el atrevimiento de hacerlo— cómo, en un planeta sin cabeza, que finge estar dominado por un poder financiarizado basado en números vomitados por las computadoras más que en dinero efectivo, no solo la falta de ideas se ha convertido en la única moneda de cambio —salvo una especie de contrabando de sueños y aspiraciones alimentado por una escasa minoría de irregulares, en el que se mezclan nostalgia y frustración, poesía y ensueños, recuerdos y olvidos—, sino que incluso la idea es escrutada por la mayoría con altivez, con suficiencia, con un temor oculto en el desprecio, y es reprimida, más que con violencia o coacción, a través de la repetición homogeneizadora de absurdos convencionalismos traficados como constataciones concretas. Vivimos en un sistema que, aunque haya distribuido, si bien de manera poco equitativa, bienestar y distracciones, evidentemente no funciona; y, sin embargo, se nos comunica, de manera subrepticia o descarada, que no existe otro sistema posible. ¿Cómo puede un ciudadano consciente enfrentar esta contingencia? ¿Cómo podría actuar, al borde del abismo, un individuo que quisiera, de manera directa o simbólica, dar testimonio de la oscuridad que avanza?

En primer lugar, sin engañarse a sí mismo. Ante nuestros ojos, agoniza —con la lentitud ineludible de una gerontocracia aferrada a sus privilegios— un modelo de vida que, nacido del entusiasmo —en aquel momento más o menos compartible o comprensible— del positivismo, ha sido gestionado y aplicado por las emanaciones de la civilización germánica. Un juicio que —huelga decirlo— no implica en su conjunto a las culturas de los países donde se hablan lenguas germánicas, que no nos impide ser admiradores de Poe, de Strindberg, de Grieg, de los pintores holandeses del Siglo de Oro o de los expresionistas alemanes, sino que critica la esquematización, la obediencia y el sentido morboso del pecado que expresan estas sociedades. Un juicio que condena el hecho de que este sea un modelo que reitera genocidios: los anglos y los sajones son bárbaros procedentes de las regiones que hoy corresponden a Dinamarca y al norte de Alemania que masacraron a las poblaciones originarias de Inglaterra; y sus descendientes, junto con otros alemanes y escandinavos, exterminaron a las poblaciones originarias de América del Norte y de Australia. Posteriormente, una serie de acontecimientos que resultaría tedioso y deprimente enumerar —entre ellos, la presunción de muchos otros europeos— llevó durante algunas décadas a los Estados Unidos de América, una nación con un enfoque de los problemas, en el mejor de los casos, infantil, a tomar las riendas de un carruaje al que, ya fuera por convicción o a regañadientes, se subió una parte considerable de la humanidad. Un imperio que, debido a la lentitud antes mencionada, nos parece en declive, pero que en realidad ya se ha desintegrado en un luctuoso ridículo.

Pero si el capitalismo peligroso e pueril, liderado por ricachones que anhelan la hibernación y la inmortalidad, ha resultado ser nefasto, la solución tampoco reside en ninguna de las otras variantes del sistema propuestas en diferentes partes del mundo. Generaciones, durante siglos, han deseado la guillotina para los nobles, el poder para los campesinos, la unidad de Italia o de Europa, las trincheras del nacionalismo o los déspotas ilustrados, el paso a una monarquía o una república, el cambio de gobierno… hoy sabemos que se trata de un forcejeo que —a veces tras breves períodos de paz y de incompleta justicia— no aporta ninguna solución auténtica. Porque no existe una solución dentro de este sistema que pudiéramos calificar efectivamente de patriarcal. Entendiendo que un régimen es patriarcal cuando considera que el instinto de dominación es inalienable del ser humano.

Este es el punto de partida que nos insta claramente a rechazar, ante un razonamiento como el que estamos desarrollando, cualquier acusación de nihilismo. Las sociedades humanas no siempre estarán regidas por el instinto de dominación, como probablemente no lo estuvieron en el plurimilenario evo matriarcal que los antiguos indoeuropeos borraron: y nuestro deber es defender la perspectiva —con una expresión trillada— de otro mundo posible. A condición de creer en las ideas.

«Perché quelle strane gocce di sangue sul corpo di Jennifer?» di Giuliano Carnimeo (1972)

Con la llegada del sonido, el cine ha optado, con demasiada frecuencia, por no seguir la línea evolutiva de la pintura o de las artes figurativas, o bien por marginarla o vaciarla de contenido en una forma que, además, encontró, hasta hace unos treinta años, un terreno fértil especialmente en géneros marginados —en las películas de acción— y se erigió en hijo de la literatura. Una preferencia que, en la mayoría de los casos, ha resultado ser presuntuosa. Pero si realmente queremos que el cine —o mejor dicho: cualquier producto audiovisual, ya que incluso el cine es un cadáver que nuestra vieja sociedad, que no acepta la realidad, mantiene suspendido sobre el ultratumba como el señor Waldemar del famoso cuento de Poe o como una Ofelia que flota sobre el dinero reciclado— descienda de la literatura, entonces debemos volver a preguntarnos por su sentido más genuino.

En un ensayo del libro Cere perse, Gesualdo Bufalino afirma lo siguiente: Se escribe para hacer verosímil la realidad. No sé los demás, pero a mí siempre me ha impactado lo inverosímil de la vida; siempre me ha parecido que, en cualquier momento, alguien iba a decirme: “Ya basta, nada de esto es verdad”. Entonces pienso que hay que escribir para tratar de creer en este imposible y acertado lanzamiento de dados; que hay que, si el universo es una metástasis loca, fingir un poco imitarla, y un poco buscar en ella un orden que nos engañe y nos salve. Esta me parece la tarea cívica y humanitaria del escritor: hacerse copista y a la vez legislador del caos, guardián de la ley y a la vez perturbador de la quietud, un ladrón del fuego que lleve entre los hombres el secreto de la ceniza, un confesor de los infelices, un espía sagrado, un dios descendido a morir por todos. ¿No significa esto que escribir es lo mismo que rezar?

El futuro del sector audiovisual será mágico o no será. Será mágico sobre todo si surge de intenciones documentales. No será pauperizado, pero sí independiente. Es intolerable que los créditos iniciales de una película comiencen con una larguísima lista de patrocinadores públicos y privados, y que luego, con frecuencia, las tomas y la propia narración sean descuidadas, chapuceras atolondradas y torpes. Y es hora de denunciar, en una época en la que se emplea este término con facilidad y ligereza, que el financiamiento público es una forma de fascismo, porque implica un control de los contenidos, además de la obediencia —y seguimos en el modelo anglo-germánico— a una serie de cánones que aniquilan toda creatividad. Si realmente queremos que lo audiovisual sea arte, ¡debemos recordar que los artistas más originales acudían al Salón de los Independientes o animaban la Secesión!

Esto no significa en absoluto rechazar la realidad, la denuncia, la gana de descubrir pequeños y inéditos acontecimientos concretos. Significa transfigurarlas. Contarlas —para cerrar el círculo— de manera que se transformen en una metáfora vibrante, cuyas notas puedan entenderse incluso en contextos distantes y ajenos. En sus orígenes —en la cueva— el arte, la magia y la espiritualidad eran conceptos contiguos, si no a veces incluso coincidentes. A esto tenemos que aspirar, si queremos dar un alma a lo que creamos.

«Captain Apache» de Alexander Singer (1971)

Quien rastrease hoy en un diccionario la palabra «realidad» se encontraría con una serie de definiciones, como mínimo, insatisfactorias, fruto precisamente del hecho de que, en esta beodez generada por los pútridos miasmas del positivismo, las congregaciones humanas han otorgado una importancia desmesurada a la dimensión de lo tangible. Obviamente, tanto las colectividades como los individuos tienen necesidades materiales; y la dimensión de lo tangible en nuestra vida cotidiana no puede ser negada. Pero tampoco no puede despojarse de la metafísica. En un planeta en el que la información —aunque distorsionada o falsificada— es constante y continua, en el que las imágenes nos persiguen y nos atrapan, en el que la gente tiende a mirar la pantalla de un teléfono incluso mientras el tranvía traquetea frente al Coliseo, quien quiera dar sentido al producto audiovisual no puede dejar de evocar perpetuamente el gran cuadro de Gauguin ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos?.

Hace décadas, un modesto guionista de Detroit, Robert McKee, cautivó a quienes escribían para el cine al estructurar la narración cinematográfica en una serie de pasos bien definidos. En aquel momento, a muchos de nosotros sus esquemas nos parecieron la solución definitiva: con unas pocas pautas, no era complicado desarrollar una idea y armar un relato. Hoy sabemos —una vez más— que esta esquematización nos ha llevado a historias repetitivas y predecibles. Y esto se aplica tanto a las películas de ficción como a los documentales. Ya sabemos cómo terminará la película de ciencia-ficción o la comedia empalagosa, ya sabemos que la biografía de tal personaje nunca se apartará de la ilustración pedante de una cronología, que el reportaje terminará con un «lamentablemente»: lamentablemente el tipo aún no ha recibido justicia, lamentablemente aquella etnia está a punto de ser asimilada, lamentablemente el exótico psitácido de plumas llamativas está al borde de la extinción. Mientras tanto, nosotros estamos distraídamente tirados en el sofá con el celular en la mano.

La narración dejará de ser convencionalidad, trivialidad o mentira, o no será. La narración será inventiva o visionaria, valiente y autónoma, o no será. La narración deberá trascender lo ambiguo y despejar en busca de un mundo nuevo.

Esta tarea incumbe a la parte latina de la humanidad, y sobre todo a la hispana. El día en que quienes hablan español se den cuenta del poder que tienen en esta sociedad globalizada, tal vez algunas reglas del juego empiecen a desmoronarse. Puede que el chino sea el idioma más hablado del planeta, pero lo es exclusivamente en una área; puede que el inglés se haya convertido, en los últimos años, en la lengua franca, pero muchos lo conocen lo justo para entender el menú de un restaurante; el español no se habla en ninguna de las naciones que pretenden liderar económicamente el mundo, pero sí se habla en lugares donde es raro que no haya acceso a todos los medios de comunicación que ofrece la tecnología contemporánea. El mundo hispano tiene, por lo tanto, un poder formidable. Si todos los hispanos renunciaran a su suscripción a la mayor plataforma televisiva, esta quebraría en menos de tres meses. Si bien somos conscientes de la variedad del mundo latino, esto no quita que sea capaz de proponer una declinación diferente, respecto a la imperante y apagada, no solo de los códigos narrativos, sino también de la existencia misma. Para llegar a ello, sin embargo, deberá liberarse de esquemas que da por sentados pero que no le pertenecen. Deberá mirar la vida con curiosidad e imaginación. Deberá creer que las ideas mueven el mundo.

«Rapt» de Dimitri Kirsanoff (1934)

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