Notas sobre la “La Rosa de Paracelso” (Borges)

Por Fátima Lazarte

El tiempo, la eternidad, la finitud son asuntos que desde siempre han preocupado a la humanidad que busca respuestas desde diferentes áreas del conocimiento como la filosofía, el arte y la literatura entre otros.

Un escritor que se ocupa de desarrollar preguntas sobre estas cuestiones es Jorge Luis Borges, quien sobre todo se refiere al tiempo interrogando las distintas conceptualizaciones filosóficas del mismo, tanto así que nos plante que “éste no es un problema básico de la filosofía” (Borges, 1979: 10).

En este breve texto nos acercaremos a algunos planteamientos que Borges realiza tomando como punto de partida el cuento “La rosa de Paracelso”. Fue publicado por primera vez en 1977 y a partir de 1989 es incluido como parte del libro La memoria de Shakespeare. El   relato comienza con el deseo de un maestro por tener un alumno; mediante una plegaria a su “Dios”, pide que éste le envíe un discípulo. Poco después, un discípulo llega, pero la relación entre ambos no se establece plenamente, pues el alumno no parece ser el indicado, no parece cumplir las condiciones necesarias que requiere Paracelso; ya que el alumno le pide una prueba: ser testigo del prodigio que se le atribuye al maestro: quemar una rosa y hacerla resurgir de las cenizas. El maestro arroja la rosa al fuego, pero no realiza el prodigio en presencia del alumno, que con una cierta decepción decide irse. Finalmente ocurre el milagro.

En este breve texto me acercaré a dos tópicos borgianos que aparecen en el cuento: la rosa y el tiempo. Además, deseo marcar la importancia de la Cábala como modelo estético y metáfora que Borges utiliza para la construcción de este cuento, pero debido a su complejidad sólo mencionaré brevemente algunas consideraciones sobre la misma.

Este cuento tiene, a su vez, como hipotexto, de acuerdo a la teoría de Genette, los diálogos Platónicos Ion y Cratilo. Los diálogos platónicos tienen una estructura definida: se inician con una pregunta que desarrollan analizando el tema, pero a decir de Guzmán en ambos “el discurso del diálogo conserva siempre una figura enigmática acerca de lo que se busca”(Guzmán,2009:24) ; en el cuento esta figura enigmática de lo que se busca aparece reflejada en todo la interacción entre el maestro y el alumno y su alusión a la alquimia, a la Cábala y a la búsqueda del conocimiento mágico que permita restituir a la rosa de sus cenizas.

En el diálogo Ion se menciona la figura de la piedra magnética que tiene un paralelismo en nuestro cuento con la figura de la piedra filosofal que persigue la Alquimia; esta piedra simboliza la pregunta por el conocimiento. Platón busca desentrañar el arte de la poesía y Borges el arte de la alquimia, en ambos casos la conclusión va por el lado del don más que de la técnica aprendida, así el alumno debe tener la inspiración divina para realizar alguna de estas artes.

Otro hipotexto que se ha rastreado se encuentra en el artículo “La Inmortalidad”, en la recopilación “Oral” donde Borges reflexiona: “Ese tema de la nostalgia de la tierra en el cielo está presente en un poema de Dante Gabriel Rossetti. Se trata de una muchacha que está en el cielo y se siente desdichada porque su amante no está con ella; tiene la esperanza de que él llegará, pero él nunca llegará porque ha pecado y ella continuará esperándolo siempre” (Borges ,1979: 10). Esta nostalgia del cielo está presente en el cuento:  en la búsqueda de este conocimiento que es de un orden diferente al racional; en la idea de la Caída, del pecado, que priva al hombre de la eternidad divina; y en la Cábala que busca este saber místico perdido. Más concretamente se propone un desencuentro entre la mujer y su amado como entre el maestro y su alumno, estableciendo la idea de una espera eterna.

La Cábala

La Cábala es tomada por Borges como una forma de conocer al mundo, como una metáfora del pensamiento humano, que lo acerca a una percepción nueva de la realidad que como creador utiliza en sus obras. Encuentra en ella un modelo cifrado, donde el lenguaje es el instrumento de la creación: Dios es quien crea el mundo a partir de las letras del alfabeto judío que según su tradición lo preexisten.

Borges dice de la Cábala : “No se trata de una pieza de museo de la historia de la filosofía; creo que este sistema tiene una aplicación: puede servirnos para pensar, para tratar de comprender el universo”(Borges, 2010, T III:411), y  más adelante confirma: “La Cábala no sólo no es una pieza de museo, sino una suerte de metáfora del pensamiento”(Borges, 2010, T III:413).

En este mismo texto Borges nos explica que en la Cábala existe la idea de un ser eterno que tiene diez emanaciones, y estas emanaciones forman un hombre que se llama el Adam Kadmon, el Hombre Arquetipo. Ese hombre está en el cielo y nosotros somos su reflejo. De esas diez emanaciones, hay cuatro mundos que se derivan, el tercero es nuestro mundo material y el cuarto es el mundo infernal, todos están incluidos en el Adam Kadmon, que comprende al hombre y su microcosmos: todas las cosas, al alejarse las emanaciones del centro (del ser eterno), van perdiendo fuerza y llegan a este mundo material.

Borges mismo afirma que la Cábala es Neoplatónica: “Posiblemente haya algo parecido en Platón, me parece. Como la Cábala es neoplatónica” (Alzaraki, 1971:173).

El tiempo

El tiempo es un tema que Borges ha trabajado mucho desde varias perspectivas a lo largo de su obra: no solo está presente como un recurso narrativo sino como reflexión filosófica del ser y el mundo en cuanto a su finitud, inmortalidad y eternidad.

En este relato podemos  advertir una interrogante sobre el ser y el tiempo, como unidad indivisible, pues a medida que realizamos la lectura nos damos cuenta de que el tópico borgiano del tiempo es utilizado de  manera sutil para mostrarnos al menos tres distintas formas dentro del mismo: desde la perspectiva de los personajes, la primera que veremos es la del alumno, la segunda es la del maestro y esto nos lleva a la tercera perspectiva, la que como lectores percibimos, lo que el cuento va develando: la intuición de la eternidad a través de la construcción de la rosa como símbolo, como arquetipo platónico y la mención al jardín del Edén.

Un alumno

En el cuento, Paracelso pide a Dios por un alumno a quien transmitirle su saber, el alumno que llega está en búsqueda de un maestro del cual aprender, pero el conocimiento que desea está en un orden superficial, el conocimiento que busca está relacionado con el aprendizaje de un proceso; en cambio, el saber que ofrece el maestro es enigmático y debe ser descifrado: por lo tanto, existe un conflicto entre ambos.

Respecto al tiempo, el alumno está ubicado en una subjetividad cronológica con la que se relaciona con el tiempo, a manera de sucesión, pues dice: “quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la piedra” (Borges, 2010, T III:413), refiriendo, además: “… aun que debamos caminar muchos años” (Borges, 2010, T III:667), para entender este aspecto podemos tomar a Borges: “…. Todo nos es dado sucesivamente porque no podemos aguantar esa intolerable carga… de todo el ser del universo” (Borges, 1979:31).

Asume una posición donde el aprendizaje tendrá una duración y una meta, esto hace que no pueda comprender la enseñanza de Paracelso, su concepción del tiempo es lineal, sucesiva, mortal. Está ligada a su identidad “…te daré después mi vida entera.” (Borges, 2010, T III:667). La idea del ser y el tiempo para él tiene una finitud, un límite, está ciego a la posibilidad de la eternidad, sólo piensa inmediatamente en lo que sus sentidos le ofrecen, concibe el tiempo sólo en la medida de su propia existencia, de su propio yo. Prieto nos dice al respecto:” El tiempo es la defensa, el último recurso para mantener la identidad y el yo. Por él las creencias se organizan en torno a un núcleo con coherencia y estructura interna, de forma que todas las preguntas que se le hagan pueden ser respondidas adecuadamente, con lógica y orientación finalista” (Prieto,2013:35).  Así el alumno, incluso nombrado por Borges como Johnes Grisebach, (como para resaltar su identidad), se encuentra en esta lógica temporal buscando un conocimiento que pertenece a otro orden, es incapaz de descifrar lo que le dice el maestro, desea ver para creer, recurriendo a los sentidos, a su yo; por encontrarse en una lógica diferente a la del maestro el resultado es el desencuentro entre ambos.

El alumno no entiende  la naturaleza del tiempo, está regido por la causa y el efecto, es decir, por la identidad propia, en cambio el maestro le dice:  “El camino es la piedra, el punto de partida es la piedra… cada paso que darás es la meta” (Borges, 2010, T III:666), le muestra un enigma a ser descifrado, esbozando el concepto de eternidad, que el alumno no logra comprender, su acercamiento a la vida no deja espacio a que se cuestione sobre la misma y pueda pensar en la existencia de otra concepción del tiempo, él solo cree lo que ve, exige una prueba, su percepción del mundo se limita a lo que ve, en cambio Borges apunta a que hay algo más allá de los sentidos y nos hace reflexionar sobre la percepción del tiempo.

El maestro

El maestro, como ya lo hemos dicho, está en una lógica distinta a la del alumno, se encuentra  atrapado en su deseo de transmisión del saber, “pidió  a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios que le enviara un discípulo” (Borges, 2010, T III:666), esta espera parece concluir en el medio de la narración, pero al final de la misma se nos revela que quien llegó no es el alumno indicado, entonces el maestro seguirá esperando, este hecho nos hace  pensar en la eterna repetición del mismo, completando así una visión del tiempo circular, recorriendo un circuito donde los ciclos retornan similares pero no idénticos.

El eterno retorno que nos propone Borges está en esta situación, es que podrá repetirse eternamente mientras exista este movimiento: un maestro que desee transmitir sus conocimientos y un alumno en busca del mismo, al respecto dice Bertotto: “tiempo pensado como un círculo que es más abstracto e insustancial que el espacio. Lo que lo llena es el movimiento. Del mismo modo, entonces, la vida se mueve en el ciclo del tiempo, ciclos vitales que Borges comprende al interior de sí mismo y lo expresa a través de su visión mítica del tiempo” (Bertotto, 2008:44). El relato en sí mismo es construido circularmente, y adentro el movimiento está relacionado con lo que sucede, con el espacio y el tiempo.

En este marco, la construcción ficcional nos abre la posibilidad de la repetición;  el maestro sigue esperando aún al “alumno ideal” ya que al despedir  a Johannes Grisebach: “Ambos sabían que no volverían a verse” (Borges, 2010, T III:666), su deseo y su voluntad aún permanecen, de este modo Borges construye en este cuento, el tópico del eterno retorno, a modo de ciclos que se repiten al infinito como dice Prieto: “En su poética del eterno retorno: la clave de la repetición eterna surge de un tiempo considerado como eterno, sin fin y gobernado insensatamente por la voluntad. La repetición surge de una ausencia de meta de la vida. La vida y el tiempo es sin finalidad” (Prieto, 2013:27), existe entonces una lectura de la categoría eternidad a partir de este eterno retorno, pues se repetirá cíclica y eternamente.

Otro elemento de análisis está en la espera voluntaria del maestro mediante la cual manifiesta un deseo; a propósito, Prieto nos dice: “Tiempo en infinitivo de un verbo: el querer… La repetición surge de no seguir una meta, de no terminar de andar, porque el único mandato es no terminar de andar, el mandato es del querer infinitamente, la repetición surge de un apetecer inagotable. Apetecer lo mismo” (Prieto,2013:356).

El deseo de Paracelso por un alumno nos da una pauta para la lectura de este tiempo circular, nos lleva a una eterna repetición de los hechos, pero este deseo aún nos remite al ser del maestro, a su identidad, de la cual no se ha despojado totalmente.

Aun así, el maestro intuye que existe un tiempo eterno que se da en cada segundo de la existencia (instantes absolutos) de este modo el hombre trasciende el tiempo se contrapone, lo cual le impide la intuición del tiempo como eternidad, que existe algo que está más allá de él mismo, que tiene que ver con la eternidad y que se simboliza en la rosa.

La Rosa

La rosa es un símbolo que aparece a lo largo de la obra borgiana; Costa Picazo nos dice “La rosa es la flor y el arquetipo predilecto de Borges” (Costa Picazo, 2010, T I:86).

La rosa es un elemento que aparece en este cuento de una manera enigmática, y su restitución de las cenizas es el objeto de discordia entre Paracelso y el alumno.

Paracelso ha descifrado, de alguna manera, la ciencia de la Cábala y para él la rosa es un símbolo de lo eterno, de este modo Borges construye a la rosa como un arquetipo platónico, eterno, más allá del tiempo, o sin tiempo: Platón nos dice en el Timeo: “El tiempo es la imagen móvil de la eternidad” (Platon,1977:36d-38 a) ; así, la rosa estaría ubicada en esta eternidad y su representación en el mundo es esta imagen móvil que nos lleva a pensar en las rosas que existen en el mundo material.

Paracelso dice sobre la rosa: “Te digo que la rosa es eterna y que solo su apariencia puede cambiar” (Borges, 2010, T III:667), haciendo una oposición entre apariencia y esencia tema filosófico por excelencia (noumeno y fenómeno), el conocimiento que se puede percibir mediante los sentidos o fenoménico y el conocimiento que solo se puede intuir escapa a los mismos o del noumeno, que debe ser descifrado y escapa a la transmisión superficial del mismo.

El arquetipo Platónico es entendido como modelo original y tiene un carácter de perfección: “Las ideas concebidas como modelos o arquetipos de las cosas, serían eternas para el filósofo” (Prieto, 2013:524). La rosa, al no poder ser destruida, posee ambas virtudes, es un modelo constante y eterno.

En el relato, Paracelso habría encontrado la forma de conectarse con el arquetipo mediante la palabra, mediante la Cábala, (que como hemos visto tiene una relación estrecha con el platonismo) donde hay una primera causa antes del tiempo o fuera del mismo y quien logra descifrarla podrá obtener el conocimiento supremo, Paracelso quema a la rosa volviéndola  ceniza y con un gesto enigmático a través de una palabra secreta, que nos introduce en la creación por la palabra, la cábala, el logos, es capaz de restituirla a su primera condición,  esta primera condición que nos hace pensar en la eternidad y la palabra como mediadora de la misma.

Ubicamos a la rosa en el tiempo eterno porque “La eternidad es la invención de que todo existe al mismo tiempo y está contenida en este mundo” (Prieto, 2013:618), ratificando así nuestro análisis de la rosa como arquetipo y como microcosmos reflejo del macrocosmos que también indica la Cábala: la rosa seria símbolo de un orden místico que se refleja en el microcosmos.

Borges, a su vez, utiliza y dibuja la figura de la rosa a lo largo de su obra referencia que hemos rastreado  para ver su importancia y su relación como arquetipo a lo largo de la misma : En “Fervor de Buenos Aires”[1], aparece el poema “La rosa” (Borges, 2010, T I:27), donde en los versos 7 y 8 nos dice: “la rosa que resurge de la tenue / ceniza por arte de la alquimia” mostrándonos ya una alusión al tema de la alquimia que aparece en “La rosa de Paracelso”; en este mismo poema nos dice en los versos 10 y 11 “la que siempre es la rosa de las rosas, / la joven flor platónica” donde la rosa aparece como arquetipo  platónico: la invariable, la eterna.

La Rosa aparece como arquetipo en el poema “La joven noche”, (Borges, 2010, T III:792), en los versos 9 y 10 hace referencia: “En el jardín las rosas dejan de ser las rosas / y quieren ser la Rosa” donde aparece una como representación de las demás rosas, una insinuación nuevamente de la eternidad.

En el poema “Blake” (Borges, 2010, T III:500), [2] Borges nos habla de la rosa de nuevo como arquetipo, en los versos 1 al 5 nos dice que lo sensorial, el color, el olor, el peso, nada tienen que ver con la Rosa: “¿Dónde estará la rosa que en tu mano / prodiga, sin saberlo, íntimos dones? / No en el color, porque la flor es ciega, / ni en la dulce fragancia inagotable / ni en el peso de un pétalo…”, en el séptimo verso aclara “La rosa verdadera está muy lejos” terminando con los versos 13 y 14 “o un terrible arquetipo que no tiene la forma de la rosa.” Esto, a modo de reflexión sobre el arquetipo platónico y su forma que está fuera de nuestra imaginación o concepción no podemos entenderlo, pero sí intuirlo.

El verso primero de este poema nos lleva a pensar en el ensayo de Borges titulado la “Flor de Coleridge”, donde el autor cita “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?” (Borges, 2010, T II:18), Borges dice que esta imaginación, esta invención sobre la flor es perfecta, es perfecta para él porque nos da una aproximación ficcional a lo eterno a lo que no podemos acceder por la vía de la razón y del conocimiento procedimental sino nos muestra un enigma, algo a descifrarse de nuevo haciendo esta oposición que ya analizamos entre el maestro y el alumno en el cuento “La rosa de Paracelso”.

Otro poema de Borges que nos remite a este concepto de eterno y de arquetipo es “The unending rose” (Borges, 2010, T III:158), donde nos revela este concepto de inacabable respecto a la rosa, trasciende el lenguaje, y como símbolo encierra lo que escapa a la palabra, al lenguaje, en los versos 20 al 24 nos dice: “Soy ciego y nada sé, pero preveo / que son más los caminos. Cada cosa / es infinitas cosas. Eres música, / firmamentos, palacios, ríos, ángeles, / rosa profunda, ilimitada, intima, / que el Señor mostrara a mis ojos muertos”, de nuevo vemos esta relación de la rosa con algo del orden divino y eterno, en este mismo poema también  una alusión a la propia ceguera de Borges  al igual que en el poema “Una rosa y Milton” (Borges, 2010, T II:443), Milton, quien al igual que Borges es un poeta ciego, vuelve, en este poema, a la rosa como arquetipo, esencia  de la poesía y de la belleza, en los primeros dos versos nos dice “De las generaciones de  las rosas / que en el fondo del tiempo se han perdido / quiero que una se salve del olvido” una rosa que represente a todas las demás, una rosa que no muera que sea eterna, hace una alusión a la palabra: “…El destino me depara / este don de nombrar por vez primera / esa flor silenciosa, la postrera / rosa que Milton acercó a su cara”, esta palabra que es capaz de nombrar y acercarse a esta rosa eterna.

En la misma obra tenemos el poema “El Golem” (Borges, 2010, T II:437), de donde extraemos “Si (como el griego afirma en el Cratilo) / el nombre es el arquetipo / en las letras de la rosa está  la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo” -el Cratilo es un dialogo Platónico  donde se analiza el lenguaje- están las posiciones de Cratilo, Sócrates y Hermógenes; Cratilo y Hermogenes  discuten sobre la exactitud de los nombres, Cratilo sostiene que los nombres corresponden a las cosas y Hermógenes que esto es algo convencional, piden a Sócrates que intervenga pero éste refiere no saber mucho sobre el tema, así que dialogan sobre el mismo y, al final del dialogo, Sócrates llega a la conclusión que se debe profundizar más en el asunto.

Los versos del poema reflejan la posición de Cratilo que el nombre contendría al objeto, pero vemos que la posición de Borges sostiene a que el arquetipo escapa a la totalidad de la palabra, el fin del poema tiene esta reflexión, pues si fuera así el Golem, creado por el Rabino hubiera tenido éxito.

En el último ensayo que analizaremos: “Una rosa amarilla” (Borges, 2010, T II:287),  escribe: “Entonces ocurrió la revelación. Marino vio la rosa, como Adán pudo verla en el Paraíso, y sintió que ella estaba en su eternidad”. En esta cita, la rosa aparece como una visión de la eternidad, un nexo entre lo místico y lo humano,  es la primera rosa, el arquetipo del cual se desprenden todas las rosas, también es una referencia  a la Cábala donde se cree en el microcosmos que refleja el macrocosmos y al entender un elemento del microcosmos comprenderíamos el mundo, el tiempo, el ser, la eternidad.

El arquetipo de la rosa y la Cábala tienen una relación que podemos situarla en el Jardín, en el Edén: la rosa es una manera de alcanzarlo y la Cábala nos muestra el camino a descifrar para hacerlo: El Maestro dice: “¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?” (Borges, 2010, T III:667). Esta pregunta nos remite de nuevo a la construcción de los arquetipos, de lo eterno: Prieto hace este análisis: “El Jardín es aquel lugar en el que todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno, lugar en el que todo es nuevo, pero con una novedad eterna. Aquel lugar en el que nada hay tan antiguo bajo el sol, …, se puede leer una identificación entre el Paraíso con la eternidad, con su particular concepto de eternidad, elaborado a partir de la teología cristiana. Un instante infinito, perdurable, eterno. Un presente constante. Un momento que no contempla ni un pasado ni un porvenir Un instante infinito… Podría pensarse a su vez que la expulsión del mismo, identifica la temporalidad” (Prieto. 2013:306). Entonces deducimos que en este paralelismo entre Jardín y eternidad  existen los arquetipos platónicos y la consecuencia de la caída, de la expulsión del paraíso es la percepción de la temporalidad sucesiva, de la mortalidad de la finitud y de percibir el reflejo de los mismos. El Jardín es una representación de lo eterno y de lo divino, de este orden superior que intuimos y que no podemos conocer con la palabra, pero sí descifrando la misma.

Esta temporalidad que es vivida por el alumno lo evidencia al decir: “No estamos en el Paraíso… aquí bajo la luna todo es mortal” (Borges, 2010, T III:667). Así aparece contraponiendo también la concepción de la eternidad concebida en el eterno ahora, con la angustia de la mortalidad y de la sucesión del tiempo, pues no puede descifrar ni conocer nada más allá de esto.

Asimismo, Borges plantea el enfrentamiento del sujeto con el arquetipo. Prieto nos dice que Borges nombra arquetipo de la rosa como Aleph: “La persona que se enfrenta al Aleph está conociendo todo lo que para él podría ser dado a conocer, y conociendo todo lo que nuestra alma puede conocer, terminamos por conocernos completamente a nosotros mismos”( Prieto,2013:127), este es el conocimiento que posee el maestro, el Aleph es la rosa mediante la cual se puede establecer un nexo entre la eternidad y el mundo mortal, y como dice la Cábala en este arquetipo está reflejado el mundo, mediante él se puede aprehender y descifrar el secreto del mundo y del ser.

Conclusiones

Borges, en este cuento, nos expone la vivencia del tiempo a través de los personajes y su contraposición; en esta dialéctica construye el arquetipo de la rosa para mostrarnos que más allá de ambos hay algo que los trasciende, lo eterno. Construye, a través de la ficción, un saber posible sobre el tiempo y su paso. El tiempo es distinto para cada uno dependiendo de la posición y de la búsqueda subjetiva que se realice, vivir el tiempo como sucesión o como eternidad es una posibilidad dada, cuestiona así la idea de un tiempo único.

Borges nos presenta al tiempo y a la rosa, como un enigma a ser descifrado. Nos muestra la construcción de este arquetipo rosa en su obra como eterno, inmóvil, bello y que tiene una conexión con otro orden que podemos llamar místico. Este arquetipo es el nexo la clave para entender la propuesta de lo eterno en la obra borgiana, a través de él estéticamente plantea la existencia de lo divino.

Respecto a la Cábala es importante ahondar en su estudio, pero podemos afirmar que es utilizada por Borges como un modelo estético para la construcción del cuento como una metáfora que le permite realizar esta reflexión ficcional sobre los temas que le preocupan; ubicándose una vez más como buscador y hacedor de metáforas del mundo.

Bibliografía

Alazraki, J. (1971). Conversación con Borges sobre la Cábala. Entrevista inédita de 1971.

Barboza, M. (2010). La noción del tiempo en la obra poética de Jorge Luis Borges y César, Vallejo, Kañina. Revista de Artes y Letras, Universidad de Costa Rica, XXXIV, pp. 49-52.

Berttoto, M. (2008). Borges y los mitos sobre el tiempo desde la visión del mundo. Madrid, Tesis UAM.

Borges, JL. (2010). Obras Completas. ed. Costa Picazo Rolando y Zangara Irma Tomo I, II y III, Bs. Aires, Emecé.

Borges, JL. (1979). Oral. Bs. Aires, Nepeus.

Guzman, L. (2009). Formación, Lenguaje y experiencia en diálogos poético-filosóficos de Platón y Borges- Ensayo y Error Nueva Etapa. Año XVIII. Nº 36. Caracas, pp.13-28.

Platón. (1977). Timeo, Cratilo, Ion, Obras completas, Madrid, Aguilar.

Prieto, D. (2013). Metafísica del tiempo en la obra de Jorge Luis Borges. Madrid, Tesis UAM.


[1] Fervor de Buenos Aires fue publicado por primera vez en 1923, pero en 1969 recién se incluyen el poema de “La rosa” en la edición Emece.

[2] Blake escribe el poema “The sick rose” en Songs of expirience de 1794.

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