La crisis: Figuraciones literarias emergentes

 (Personajes masculinos en Bajo el oscuro sol y la Chaskañawi)

Por Fátima Lazarte

Jacek Malczewski. Artista y Quimera (1906).

            La literatura está construida por ciertas figuraciones o modelos que se van repitiendo a lo largo de sus producciones; estas pueden mutar algunas de sus características, pero están construidas sobre ciertos moldes. Estos puntos de fijación responden a sombras o cuestiones no resueltas que quedan como heridas subjetivas que se van repitiendo con distintos escenarios. Es de este modo que, tomando la idea de Rene Zabaleta Mercado trabajada por Luis Antezana, vemos a la crisis como un método de conocimiento, donde el régimen simbólico imperante tambalea, y se producen ciertos efectos que expresan las artes y, en este caso, la literatura.

            Mi propuesta está orientada a realizar el análisis de dos personajes literarios: Adolfo Rojas, de La Chaskañawi de Carlos Medinaceli, y Antonio Gabriño, de Bajo el Oscuro Sol de Yolanda Bedregal.

            Esta comparación se realizará para ver cómo se da la figuración en ambos y cuál es el punto de repetición que queda sin resolverse en el paso de uno al otro y cómo éstos son producto, de alguna manera, de la caída de lo simbólico que rodea al contexto de estas producciones.

            Para iniciar este trabajo partimos del concepto “crisis” propuesto por Zabaleta Mercado, trabajado por Antezana; la crisis como método de conocimiento, como la “aparición patética de puntas de la sociedad, que de otra manera se mantendrían sumergidas y gelatinosas” (Zabaleta 2008:19), de este modo algo que estaba debajo y sin forma emerge y cobra una forma definida; es así que aparecen estos personajes en las obras que analizamos.

            Antezana señala que “La crisis política que ZM tiene en mente obliga, pues, a repensar lo supuestamente conocido y no ignorar lo que sucede”, de modo que muchas de las expresiones artísticas y literarias que surgen en estos momentos permiten esta reflexión. En los momentos de crisis se actualizan las situaciones que no han tenido resolución y que quedan a modo de heridas subjetivas que se cubren con diferentes representaciones que finalmente, ante la vacilación de lo simbólico, salen a la luz.

                 Zabaleta señala claramente al menos dos momentos constitutivos: la guerra federal y la revolución del 52. Estos dos momentos proponen paradigmas que después se resquebrajan y no logran sostener un marco simbólico; es ahí, en ese punto, donde aparecen nuestras obras, en el intersticio donde ellas se alojan, dando cuenta de que lo construido no puede dar respuesta a lo real[1], algo se escapa a la significación y ocurre una nueva crisis subjetiva, pues los ideales propuestos caen, los sujetos se enfrentan a un vacío y este vacío permite la emergencia de narraciones que lo bordeen y deseen dar cuenta de el mismo, mostrando lo que no se ha podido resolver, o lo que no ha podido ser simbolizado.

La Chaskañawi fue publicada en el año de 1947, pero fue gestada, según Romero Pittari, “una veintena de años antes”; de tal modo que la novela surge en un momento de crisis de lo simbólico donde hay una elite en caída y otra en ascenso. En el caso de Bajo el Oscuro Sol, la novela fue publicada en 1971 en medio de los gobiernos militares. Es en este contexto de inestabilidad política que también se describe en la novela, que se sitúa en un periodo de revolución y enfrentamiento. En este caso, lo que se evidencia es el colapso de la revolución del 52 que se dio por los conflictos internos del partido dominante y la desestabilización de la economía, impidiendo que se pudieran sostener las metas sociales propuestas por la revolución. En noviembre de 1964 se inician los gobiernos militares autoritarios que fueron considerados como la única solución para la modernización. La revolución del 52 como proyecto debe ajustarse a la realidad y es ahí que entra en crisis.

Así, el contexto de las dos obras está dado por la remoción de lo establecido. Veamos entonces que es lo que revelan las dos obras literarias en sus personajes masculinos.

Adolfo Reyes

            La Chaskañawi propone un personaje masculino: Adolfo Reyes, un estudiante de leyes, casi Doctor, que debe regresar a su pueblo ante la muerte de su padre. Él posee una tristeza casi estructural a su personalidad, presenta una condición de acedía, de apatía de vivir, cercana a la melancolía. Es caracterizado por “el desgano de sus gestos y ademanes” (Medinaceli, 2015: 21), y como “Un fin de raza”. Él vive fluctuando entre la alegría y la tristeza, pasando el tiempo, esperando la muerte, pues su yo está fragmentado y eso le impide articular su deseo a la vida.

            Este personaje se presenta bajo el signo de la duda, lo que lo lleva a una situación donde no puede ejercer su deseo; de este modo, aparece como “muerto en vida”. Su deseo sólo logra encauzarse en algunos momentos, por ejemplo, con Claudina. La melancolía es un estado permanente, pues él es consciente de que algo le falta, pero no sabe exactamente qué; entonces trata de recuperar su satisfacción sin saber cómo. Es un hombre sin voluntad, dubitativo.

            Este punto de inercia donde se encuentra el personaje tiene dos salidas en el relato: una es vía el alcohol y otra es vía el amor. Ambos le permiten actuar, hacer y pasar el tiempo mientras espera la muerte, pero también permiten que la inercia del tedio de vivir ceda, aunque las acciones cometidas sean “irracionales”, como la violación a Julia o el abandono al que la somete por estar con Claudina.

            En el amor, Adolfo no sabe hacer. En un inicio, el amor no tiene un objeto definido, está escindido, circula entre Claudina y Julia dando cuenta de su ser fragmentario; el momento en que Adolfo se enamora de Claudina es cuando ella muestra su capacidad de acción, de estar del lado de la vida; en cambio deja caer a Julia cuando ella aparece como figuración de la muerte y del lado del matrimonio.

            El objeto de amor de Adolfo debe ser imposible pues si realiza su amor, este objeto ya no le satisface: esto le sucede con Julia y con Claudina. La realización del amor le evidencia su soledad, la imposibilidad de completitud y de bienestar que él espera obtener.

            Al final de la novela, lo único que le queda es el hacer, pero mandado por Claudina, quien ha ocupado el lugar del saber que él no puede ocupar pese a provenir de una clase letrada. El conocimiento que posee está en crisis y no da cuenta de lo que sucede, él no sabe y no puede conformar una identidad, un yo que le permita moverse en la vida; en cambio Claudina sí, ella sabe que es hija de una chola, pero descendiente también de un criollo, entonces, sin conflicto, transita entre ambas formas. El no saber de Adolfo es lo que lo fragmenta e impide actuar; sólo entonces sus acciones se dan, mediadas por el alcohol, por el amor y, finalmente, por las órdenes de esta mujer.

            El impulso vital, natural, que representa Claudina, se impone en Adolfo haciendo que ponga en juego algo de su deseo; deseo que está en relación con la sed que Adolfo siente por la bebida y que Claudina siente a partir de su primer encuentro amoroso. Este juego hace que él sea capaz de sostener la muerte simbólica ante lo social, rompiendo sus relaciones, separándose de Julia.

            Adolfo también oscila entre lo femenino que estaría del lado de la pasividad y lo masculino que estaría del lado de la actividad; el alcohol y el amor son catalizadores de la acción y de la masculinidad, en cambio el dolor y el sufrimiento que trae están asociados con la extrema sensibilidad, con lo femenino.

            La pregunta por lo masculino surge con el padre muerto, metáfora de la ley ausente que simbólicamente cuestiona lo establecido; en este caso: “¿qué es ser hombre?”. En la narración, tenemos como respuesta dos modelos de lo masculino: Don Juan Tenorio (el mujeriego) y Werter (el que se suicida por amor); pero, aún así, Adolfo no es capaz de cumplir ninguno de los dos modelos, pues el padre muerto, Don Ventura, ya no puede imponer su la ley, ésta ha caído y con ella, la posibilidad de responder a su ser desde un ordenamiento simbólico. Así pues, él circula entre ambos modelos, no puede asumirse como ninguno, lo cual es producto de su crisis subjetiva.

            En este sentido, la caída de los ideales, de lo social, representados en la muerte del padre, lo llevan a buscar un mundo mítico y perdido al cual referirse. A decir de Antezana (1986:59) “Las transgresiones se hacen posibles por la muerte del padre”; pero no sólo las transgresiones, si no la ausencia misma del padre como semblante de la ley, produce la caída del sostén simbólico que guiaba la vida de Adolfo, dejándolo sin dirección; así va de un lado a otro hasta que encuentra en Claudina una posibilidad de reemplazo y restauración de este orden simbólico, que le permita continuar del lado de la vida, del hacer. Es de esta forma que vincula hacer con vivir y pensar con morir, fluctuando entre estos momentos.

            La borrachera y el amor lo conducen a la enajenación, a la locura, a perder la conciencia de sus actos; borra la “cultura” y se permite actuar de acuerdo a sus pulsiones “naturales”.

            La locura se advierte, desde el inicio de la narración, como un malestar del personaje, como algo que no marcha en él: “Cuando uno se recoge…con hastío del placer y un cierto remordimiento, como si hubiese cometido algo malo, aunque nada ha hecho uno…y aunque la calle este desierta, nos parece que alguien nos sigue: una persona que no podemos ver y que no nos atrevemos a verla tampoco y que tal vez no es nadie, si no nuestra susceptibilidad o nuestro  subconsciente  aguzado por el remordimiento o el miedo, o el Ángel de nuestra Guarda que llora nuestros desvíos, o un alma en pena, o el Diablo, tal vez” (Medinaceli, 2015: 40). Adolfo está atormentado por algo que no sabe qué es, que lo sigue a todas partes y que lo llevará a la locura. Esta figura está presente en El horla de Maupassant: es un tormento, un demonio, un fantasma, una alucinación que está en el interior y no le permite ser feliz. Tal presencia es producto del yo fragmentado que no puede constituirse como unidad.

             La locura se da por la escisión que se produce en el yo, al cual lo existente se le presenta incomprensible, se da cuando su mundo simbólico ya no puede responder a lo que sucede -al final de la novela cuando se queda con Claudina y se esperaría que él sea feliz, pero sigue siendo un hombre atormentado-. Entonces, evidenciamos el desencadenamiento de la locura, una especie de desdoblamiento (que veremos luego en Gabriño), pues la realidad no puede ser simbolizada desde el universo de representaciones que él posee. Adolfo recuerda que tiene este mal desde mucho antes, que este malestar no ha cedido y que quiso suicidarse pero que nuca pudo cometer el “acto”.

            Adolfo, como sujeto escindido, fluctúa entre todos los pares de opuestos sin lograr estabilizarse en un lugar, alegría-tristeza, intelectual- labriego y finalmente lo hace entre dos mundos: el de las “señoritas” y de las cholas. Su doble discurso evidencia su fragmentación, la ambigüedad es lo que lo atormenta, por eso finalmente se queda con Claudina que le da una dirección, un alivio.

            Paradójicamente, Adolfo encarna el ideal para todos en su pueblo, por eso su caída es vivida con horror; es la última esperanza de triunfo que no llega a concretarse, es la evidencia del fracaso del proyecto modernizador burgués. Adolfo devela lo que todos ocultan, por eso es incómodo a lo social y su comportamiento es reprobado.

            Adolfo siente el vacío, cuestiona el sentido de la vida y piensa en matarse; siente el fracaso, pero no puede actuar ni siquiera para librarse del sufrimiento, porque sufre una cobardía de vivir. Él vive como fantasma, como ser deseante imposibilitado para satisfacer su deseo. La angustia, siempre presente, se da por su subjetividad escindida, esto lo hace sentirse solo y abandonado en el mundo: añorando un mundo simbólico que lo sostenga, no puede vivir plenamente sino fragmentariamente. Es un sujeto dividido que no puede asumirse como sujeto, ni actuar, ni responsabilizarse por su deseo transfiriendo esta responsabilidad a Claudina que lo sostiene en el final de la novela.

Antonio Gabriño

            La novela Bajo el oscuro sol, de Yolanda Bedregal, se desarrolla en la ciudad de La Paz, en un momento de inestabilidad política y revolución, dentro de un caos donde no hay un orden simbólico fijo y establecido. En esta ciudad en permanente cambio, la vida y la muerte conviven amenazantes. Hay una escena que nos da la idea de lo que está sucediendo: es la imagen de un piano de cola incendiado por una muchedumbre. Esta escena metaforiza la muerte de un hombre, la caída de una clase social; producida por una masa enfurecida.

            La muerte es retratada como la descarga de las pulsiones de agresión de una multitud, respecto de otro diferente, de la alteridad, como lo comenta Freud en Malestar en la cultura, vehiculizado por un exceso, donde el hombre se desintegra como individualidad para actuar como grupo, realizando esta pulsión de muerte.            Después de este hecho queda, en el espacio público, una marca, una herida simbólica, un dolor como resto,una cicatriz que evidencia que una acción violenta sucedió allí. Esta herida presente también en la vida es constitutiva del ser.

            La narración nos describe cómo una bala perdida alcanza a la protagonista y ésta muere en el momento en que iba a escribir su historia. A partir de este hecho se presenta a Antonio Gabriño, un doctor en medicina, un psiquiatra, docente universitario, quien es llamado a comprobar la muerte de Verónica Loreto. Desde este momento, él empieza a desarrollar una obsesión por conocer la vida de Verónica, obsesión que se va transformando en amor y que lo lleva a la locura. Antonio se enamora de Verónica sólo a partir de su muerte, la muerte es la condición que permite que ella se convierta en su objeto de amor.

            Antonio, médico de profesión, está en un lugar de saber, pero vive como sonámbulo, abstraído de la realidad, sólo cuando se le solicita actuar desde su profesión, desde su campo letrado, puede hacerlo. En el transcurso de la obra, este conocimiento entra en crisis; él cae en cuenta de que éste no es suficiente para saber sobre el sentido de la vida, la muerte y lo femenino. Hay algo en este marco de conocimientos que no puede simbolizar lo real. El misterio de Verónica lo intriga y se encarga de reconstruir su vida a través de los objetos que ha dejado y sus escritos.

            El doctor Gabriño está en una posición subjetiva en conflicto; por un lado, se le presentan emociones y sentimientos, pero por otro debe actuar: “Junto a la yacente sintió miedo, rabia, ternura, ganas de llorar…Lo habían llamado como a profesional, tenía que actuar” (Bedregal, 2012: 59). Inopinadamente, el doctor se encuentra en conflicto entre el ser y el deber ser, a lo cual se superpone el deber ser pues está anclado en el saber que le permite su profesión: A diferencia de Adolfo, él es médico: esto lo habilita, desde lo simbólico, para hacer, pero el conflicto que tiene no desaparece, se acentúa a lo largo de la novela, él fluctúa al igual que Adolfo Rojas entre aparentes pares contradictorios como masculino-femenino, letrado-salvaje y racional-irracional. 

            El personaje de Gabriño problematiza la idea de sentido de la vida y de la felicidad, se percibe solo e incomprendido y, al igual que Adolfo Reyes, se encuentra en una posición de muerto, fijado en un punto de inercia, pero este punto está velado porque, desde el marco simbólico de lo letrado, aparentemente él puede actuar y hacer. La falla se produce en el campo de lo sentimental: en el amor, él se muestra incapaz de actuar, de sostener un deseo, es dubitativo y fluctúa entre varias mujeres sin concretizar una relación amorosa con ninguna. Hasta que se enamora de Loreto, objeto imposible por excelencia, “Yo podría amar a esa mujer” (Bedregal, 2012: 70). Gabriño es, de este modo, incapaz de actuar, de decidir por un objeto amoroso que le dé satisfacción, el mismo la imposibilita.

            El único objeto amoroso posible para él se constituye a partir de la ausencia del mismo; Gabriño se enamora de una mujer muerta a condición de descubrir su secreto. Esto lo hace desde su sistema simbólico letrado que se quiebra cuando no puede dar cuenta con el de la mujer amada. El amor ante este objeto imposible se constituye como un modo de pasar el tiempo.

            En su vida amorosa pasada refiere que estuvo enamorado de una chola que representa al deseo sexual y de la “señorita” que representa el amor puro, pero es cobarde para elegir “Huyo de posibles desengaños con la misma timidez que huyo de la posible felicidad” (Bedregal, 2012: 120). Al igual que Adolfo, no puede sostener un deseo.

             La ciudad se ha incorporado al marco simbólico, pues Gabriño se siente unido a la misma, “…es mi hueso y mi saliva” (Bedregal, 2012: 72), siendo la ciudad su ámbito natural, hay una íntima comunión entre él y la ciudad donde se ha incluido a la naturaleza.

            La locura está presente en la obra cuando su personalidad finalmente se escinde, como ocurre con Adolfo, y debe apelar a la función de autor para que, desde ese lugar y en complicidad con un lector, pueda dar cuenta del misterio de la muerte y de lo femenino. Él se desdobla porque desde su marco simbólico no se puede simbolizar lo femenino que queda por fuera del anterior paradigma.

            Dentro de la narración, Gabriño cuestiona el individualismo que hace de antagonista a lo social: Para él, una salida ante el sufrimiento se presentaría del lado de lo social, del rompimiento del individualismo y del encuentro intersubjetivo que permitiría el fin de la soledad y de la incomprensión. El cuestionamiento fuerte se da entre comunidad e individualidad puesto que el progreso no ha dado respuesta a los sufrimientos humanos, y ha causado un individualismo que no produce felicidad.

            Gabriño se ve interpelado por el suicidio anunciado de su amigo Félix Camargo, en la escena donde Camargo le revela que va a suicidarse. Antonio no puede operar y omite la confesión, pero revela su creencia y su añoranza de Dios, este Dios que representa un orden simbólico caído que es añorado porque, a partir de su funcionamiento, el mundo tiene un sentido; en cambio, Félix vive de acuerdo a una ética utilitarista, individualista y liberal que no llega a responder sobre cómo vivir, en cambio Gabriño aún trata de conservar algunos ideales como ordenadores de su mundo.

             Ambos son agobiados por la acedía, misma que les impide actuar según su deseo, y deben matar el tiempo mediante el juego o mediante la obtención de bienes para acercarse a la muerte, pero Gabriño se cuestiona sobre esta idea: “Matar el tiempo a su edad es pecado” (Bedregal, 2012: 75), siente angustia por el transcurrir del tiempo y la muerte que se acerca.

            Mientras que Camargo, cuando obtenía lo que deseaba, experimentaba la insatisfacción, la estrategia de Gabriño era desear e imposibilitar alcanzar el objeto que encarna el deseo; para él la perdida tiene un valor: “la única manera de ganar es perder” (Bedregal, 2012: 76), “Debe emplearse igual esfuerzo en alcanzar lo que se desea que en anular el deseo” (Bedregal, 2012: 76).  Entonces, Antonio nos refiere “Yo, en cambio, dejo de desear y sigo teniendo, aunque no lo tenga” (Bedregal, 2012: 76); con este axioma personal se maneja la vida de Gabriño. Imposibilitar el deseo es lo que lo mueve en la vida. Este es un modo de mantener el deseo, pero sin cambiar el objeto y sin sentir la frustración de alcanzar lo deseado y que no llegue a satisfacer plenamente lo que prometía.

            Félix es un personaje que interpela a Gabriño con su vida y con su muerte; él, aparentemente, tiene todo para ser feliz y no lo es, desea perder el tiempo hasta llegar a su muerte, pero finalmente no puede esperar más y se suicida, actúa revelando la imposibilidad de Gabriño para actuar. La locura empieza a dibujarse cuando evidencia el suicidio de Félix, se cuestiona el no haber actuado, y se siente culpable de su inercia y de su cobardía.

            Félix, quien encarna el éxito desde los ideales sociales, ha fracasado profundamente, no ha alcanzado la felicidad, la vida se le presenta incomprensible, fragmentaria. En cambio, para Antonio la vida es un círculo, tiene el símbolo del Ouroboros, la serpiente que se muerde la cola, dando una idea de completitud. Para Gabriño, el proyecto de modernización ha fracasado pues no ha logrado solucionar el problema humano del sufrimiento.

            Antonio busca lo absoluto que explique la vida y diga cómo vivirla, quiere que “el deber nos estuviera claramente señalado” (Bedregal, 2012: 93); cuando irrumpe lo que escapa a esta lógica, él tambalea, por eso lo femenino y la muerte, que escapan a lo absoluto, producen su quiebre subjetivo: elegir es una tragedia porque para ello se debe actuar y el yo debe estar constituido.

            Gabriño es un personaje lleno de contradicciones y fragmentos, propio de un momento de crisis; por un lado se comporta como si tomara en serio a Mercedes -la profesora de piano- y por otro lado la coloca en el lugar de tonta de sentimental; su relación con las mujeres es problemática, pues ellas escapan a su lógica: no le gustan las mujeres inteligentes pero se vincula con ellas, desearía una mujer que sepa hacer, pero Loreto, al igual que él, se encuentra en la inacción. Antonio trata de vivir de acuerdo a lo racional y trata de minimizar lo sentimental que considera incomprensible, pero esto lo sobrepasa pues él mismo es un sentimental.

            Reflexiona sobre la visión de los europeos a los americanos como algo bravo, exótico, promesa del futuro, “pueblos impetuosos, en disturbio continuo que actúan por la emotividad y no por la razón” (Bedregal, 2012: 140), y cuestiona el desarrollo que no implica calidad humana; lo que vislumbra es la caída del humanismo y como respuesta busca el propósito de la creación, el sentido de vivir; añora un orden superior que enseñe cómo vivir. Antonio propone como salida que “se suprimiera la barrera entre yo y tú, y así encontrar en nosotros a los demás” (Bedregal, 2012: 156), una especie de vida social-comunitaria (con la regulación del deseo, por medio del deber) en vez de una vida individualista y consumista, pero el próximo lo enfrenta a la otredad, con la que no puede lidiar.

            Como respuesta a esta angustia, el texto propone la salida de Mayta -un abogado que evita pleitos y que se considera a sí mismo como más vital, más primitivo- que rechaza el consumismo de bienes y propone una vida “No tanto hacia afuera…más Insistencial” (Bedregal, 2012: 156).

            La locura, en este personaje, penetra poco a poco cuando su mundo racional ya no le alcanza para dar respuesta a lo que le sucede: al enamorarse de una mujer muerta la hace existir dentro de lo simbólico y su presencia como fantasma lo atormenta, pues él ya no puede dar cuenta de ella: por eso se desdobla, se fragmenta y ocurre el episodio más angustioso.

            El desea restituir la vida de Loreto por el derecho que le da el amor que siente por ella; esta idea lo guía y lo sume en la locura, desea litigar contra Duarte -que le ha robado su libro-, desea conocer su intimidad y establece una relación erótica con su escritura.

            En el episodio máximo de su locura, en su desdoblamiento como autor, él se presenta como presa de un impulso incontrolable, angustioso, que lo lleva a apelar a una función de Lector para que lo comprometa a seguir con su pesquisa, pues él no puede responsabilizarse de sus actos: otro es el que debe tomar la responsabilidad por él. Cumpliendo una demanda que sostiene su deseo, encuentra un objeto que representa el misterio, el conocimiento: “el maletín”, maletín cuyo contenido no conoce y desea conocer.  Esto lo escinde porque paradójicamente desea y no desea saber. Es el misterio de lo femenino, es lo que se encierra en el maletín, la otredad de la que no puede dar cuenta desde su marco simbólico “patriarcal”, como lo llama García Pabón. Este maletín le impone una lucha interna -se deshace del mismo echándolo al río, pero unos momentos más tarde la angustia no lo deja y debe regresar a rescatarlo, logra recuperarlo y lo lleva a su casa donde sueña que con un cuchillazo le parte el vientre a una mujer embarazada-. En el fondo, desea develar el secreto de lo femenino y, finalmente, aparentemente, el sueño aparece cuando ha logrado su objetivo, pero el narrador introduce la duda de si está dormido o sonámbulo, pero, en todo caso, aferrado a la escritura de Loreto donde se revela la verdad de su historia.   

Algunas reflexiones  

            Hemos visto que ambos personajes están en una profunda crisis de su marco simbólico que, al no poder dar respuesta a lo que sucede, desemboca en la fragmentación del personaje.

            En un inicio ambos están en una condición de inacción, de inercia, lo que los lleva a vivir su vida sin anclar su deseo; el deseo está desabrochado de la vida: son dubitativos y añoran un orden que los dirija.

            Gabriño, al igual que Adolfo, se encuentra al medio de dos mundos, entre un pasado y un futuro; se encuentran en el medio entre alabar y descalificar el mundo que los rodea y, finalmente, deben aceptar que hay algo que escapa a este proyecto ordenador. Ambos fluctúan entre estas contradicciones, buscando una síntesis que no se presenta.

            El mundo letrado entra en crisis y el mundo irracional se les presenta incomprensible, angustioso, y ambos buscan modos en que esta angustia ceda; la aparición de la otredad es la causa del quiebre del mundo constituido.

            El cuestionamiento del sentido de la vida se presenta en ambos personajes, la acedía los corroe, ambos están del lado del aparente saber letrado y simbólico ante el cual irrumpe lo real, la muerte, y se evidencia que este saber no alcanza a explicar o dar un sentido a todo, se resquebraja lo simbólico y emerge la crisis.

            En Gabriño, la crisis se presenta cuando tiene la oportunidad de elegir, al igual que Reyes. La respuesta ante este vacío subjetivo la da el amor, que se impone como norte y como ordenador de la vida; la soledad es la que se presenta como intolerable.

            Reyes consigue restituir un orden simbólico mediante Claudina, Gabriño no consigue más que develar lo femenino, que lo sobrepasa, pero en ambos lo femenino se presenta como un enigma.

            Lo modernizador y homogeneizador, como proyecto del Estado, entra en crisis al evidenciarse que no se sostiene como paradigma social; el mestizaje ya no da respuesta en lo social y surgen personajes en la literatura que figuran estos momentos desde su construcción y desde su subjetividad.

            Finalmente hay figuraciones de personajes que circulan en la literatura y aparecen en momentos de crisis, pues estos personajes son un semblante de ellas, permiten una reflexión, y son heridas constitutivas al ser humano.

            Surgen preguntas en esta investigación sobre cómo es que el arte, y más específicamente la literatura, puede aportar conocimiento en estos momentos y sobre qué otros personajes como Adolfo Reyes y Antonio Gabriño surgen en otros momentos de crisis en nuestras letras.

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[1]
                        [1] Real concepto tomado de Lacan, es una categoría de la teoría psicoanalítica; se constituye en uno de los tres órdenes, junto con el imaginario y el simbólico. Está caracterizado como opuesto a lo imaginario y se sitúa más allá de lo simbólico. Lo real surge como algo que está fuera del lenguaje, es inasimilable a la simbolización y produce angustia.

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