Estudio Crítico: Juan Rimsa, vida y obra de un maestro lituano en Bolivia

Dr. Harold Suárez Llápiz

Crítico e investigador de arte boliviano 

Administrador de la página Arte Y Cultura Boliviana

* Reseña publicada en los suplementos culturales Brújula, del Diario Mayor El Deber de Santa Cruz, Fondo Negro, de La Prensa de La Paz, La Ramona del periódico Opinión, de Cochabamba, en el año 2011. (Este trabajo se constituye en la primera crítica e investigación sobre el mencionado artista que se publica en el siglo XXI en un medio de comunicación boliviano). 

La figura del eximio pintor Juan Rimsa (1903-1978), muy activo en nuestro país entre los años 1936 y 1950, fue fundamental en el escenario artístico nacional de la época.

Inició su vocación artística en Lituania y Rusia. Al arribar a nuestro continente, en una primera instancia reside en Brasil, allí ejerce los oficios de diseñador de costura y sastre, los mismos que aprendió de sus padres. Además, durante su estancia en este país procrea una hija, que después abandona. Posteriormente en 1930 se traslada a la República Argentina, en esta nación estudió pintura en la Escuela de Bellas Artes de Buenos Aires, bajo la tutela del maestro argentino Pío Collivadino.

Indudablemente, existe un antes y un después de su llegada a Bolivia. Es que el lituano abrió un sendero clave para posteriores generaciones de artistas en La Paz y Sucre, dejando en dichas ciudades destacados discípulos que con el transcurrir de los años se convirtieron en grandes maestros del arte boliviano, y que a su vez incursionaron con éxito en el ámbito artístico internacional, entre ellos menciono a Gil Imaná, María Esther Ballivián, Josefina Reynolds, Graciela Rodo Boulanger, Antonio Mariaca, Enrique Valda del Castillo, Mario Eloy Vargas, Juan Ortega Leytón, José Ostria, entre otros. 

Realizó su primera exposición en La Paz el 25 de abril de 1937, en los ambientes del Hall del Palacio Consistorial. Es así como se presenta ante la comunidad cultural y artística de esta ciudad. 

Rimsa es considerado uno de los artistas más importantes de su Lituania natal; viajero incesante, a muy temprana edad abandonó su país para explorar el nuevo mundo. Residió en Argentina, Brasil, Bolivia, Perú, Tahití entre otros países, hasta finalmente establecerse en California, Estados Unidos donde pasó sus últimos días. Recibió el Cóndor de los Andes, máxima condecoración del Gobierno Boliviano. Al mismo tiempo, obtuvo por sus méritos en el desarrollo de nuestra cultura la nacionalidad boliviana. La Universidad Mayor Real y Pontificia de San Francisco Xavier de Chuquisaca le concedió el título de Profesor Honoris Causa.

La calidad del trabajo del lituano está fuera de discusión. Este impone la presencia de un pintor apasionado; aventajado dibujante y colorista, Resolvía su obra mediante una figuración estilizada y elegante. Vinculado en primera instancia a la corriente del expresionismo alemán, (tenía como principales referentes a Franz Marc y a August Macke), de clara influencia en la Europa de esa época, para posteriormente quedar fascinado con la obra impresionista y neofigurativa de Vincent Van Gogh y Paul Gauguin respectivamente. 

Desarrolló finalmente una neofiguración expresionista, puesto que no pretendía representar la visión inminente, sino que interpretaba a su parecer lo visto para acrecentar la impresión y al mismo tiempo elevar sus sentimientos como artista.

Estilizó e idealizó aún más la figuración indigenista que impuso años antes de su llegada al país, su colega, contemporáneo y amigo Cecilio Guzmán de Rojas, puesto que además de alargar sus personajes les otorgó mayor movimiento, luminosidad, colores brillantes y plasticidad. Si bien adaptó su estética a la corriente establecida por el maestro potosino, también consiguió plasmar en sus lienzos su propia identidad plástica.

Dueño de una paleta expresionista, aplicaba una pincelada elegante, larga, gruesa, de fuertes y brillantes contrastes cromáticos y con las texturas propias del rico empaste utilizado.  Todo ello resuelto con un uso magistral del claroscuro. Por lo general, cada cuadro de Rimsa nos brinda la impresión de tener enfrente a una especie de reflector, que crea en ellos un efecto de portentosa luminosidad. El sutil contraste de los claroscuros otorga a cada escena un aire místico y simbólico. Su fuerte saturación cromática, de aguda sensibilidad y de armoniosas relaciones de acordes luminosos, se visualiza en vibrantes pinceladas yuxtapuestas, formando una red abigarrada de pulsiones gestuales.

Cabe destacar el hecho de que, con un pincel amplio y libre, pintó colores vivos de forma rápida y a veces extasiadamente luminosa y creando zonas cuyo efecto espacial no se fundamenta en una formación perspectiva exacta, sino principalmente en intensivos contrastes cromáticos.

La acentuación de los objetos y de las figuras, o el intento de expresar lo significativo y característico de lo representado, condujeron a menudo a Rimsa a deformar la realidad y a crear un espacio sugestivo. Lo comprobamos en el enorme lienzo que descansa en las paredes del Museo Nacional de Arte de La Paz, y lleva como título: “Fiesta indígena” (1945), donde la expresión de la obra se reduce primeramente al rostro iluminado de una única figura que mira fijamente al ocasional espectador y que se muestra inmersa en una composición centrípeta, establecida dentro de una paisaje nocturno, que también nos permite evidenciar una superpoblación de personajes  alargados, alineados a una estética que me remite al pintor renacentista Doménikos Theotokópoulos (apodado El Greco), y que coadyuvan a incrementar aún más el efecto de movimiento en los danzantes de dicho cuadro.

Se trata de una muchacha de bellos rasgos andinos, y tierna expresión; todo lo demás se resume a la luz estridente que lo caracterizaba, una síntesis de lo representado y su delicado tratamiento pictórico. La muchacha es una vez más su discípula y amor platónico, Josefina Reynolds Ipiña, la bella chuquisaqueña, a quien pintó por vez primera en 1944, pero que seguía presente en la memoria y retina del pintor nacido en Kaunas.

Otra pintura magistral es la que lleva como título “Corrida de toros” (1944), que representa una escena costumbrista llevada a cabo en la localidad de Tarabuco en el departamento de Chuquisaca, la cual está muy bien compuesta, dentro de una triangulación áurea perfecta, donde se advierte profundidad en la composición, además se luce cargada de luz, (una constante en su obra). Adquiere además fuerza y movimiento a través de intensos y gestuales brochazos, aplicados con sutiles texturas pictóricas.

El secreto está escondido en la misma composición. Rimsa otorgaba la máxima importancia a los medios pictóricos como el color, luz, forma y ritmo del cuadro. Además, el movimiento de las figuras y la impresionante atmósfera. Parecía querer expresar su utopía de un mundo andino paradisíaco mediante formas nuevas e intensos colores. Es evidente que el color se convertiría en el elemento principal de composición en sus obras. De este modo el pintor consiguió efectos sugestivos y emocionales jugando vigorosamente con la técnica de los claroscuros.

Rimsa plasmó con su pincel diversos retratos de indígenas e innumerables paisajes altiplánicos, de las Llojetas, de los Yungas, Copacabana, Sorata, de los campos paceños de Río Abajo, Següencoma, Incapampa, ect. Por otro lado, además de pintar durante un período de su carrera escenas europeas de circos y bailarinas, al incursionar en tierras bolivianas inmortalizó en sus lienzos, a nuestros músicos campesinos, danzas andinas, tambos, etc. Simultáneamente, demostró sus dotes de extraordinario retratista, al plasmar a varias personalidades vinculadas a la cultura de la época, clientes y amistades, como: a la poeta Yolanda Bedregal, a sus propios alumnos José Ostria y Josefina Reynolds, entre otros.

Retratos de Juan Rimsa 

Mencionaré los más notables retratos que el maestro realizó en el país: “Yolanda Bedregal “(La Paz, 1937) y “Mimosa”, (La Paz, 1939) ambos de la poeta paceña y realizados mediante la Técnica del óleo sobre cartón prensado. 

El “Retrato de José Ostria” (Sucre, 1947) destaca por la notable fuerza expresiva, luminosidad propia del artista y el carácter que adquiere el rostro de su joven alumno, además de la acertada utilización del claroscuro, matizado por exquisitas tonalidades de color amarillo brillante en la bata del retratado: curiosamente, como sucede con el retrato de Josefina Reynolds, lo inmortaliza vestido con una peculiar indumentaria lituana. 

Juan Rimsa y Josefina Reynolds Ipiña, una historia de amor, el retrato atesorado y un misterioso desnudo inédito de su musa chuquisaqueña.

A continuación, describiré uno de los más importantes retratos en la carrera del maestro lituano: “Mi rebelde discípula”, el retrato de su querida alumna, la hermosa Josefina Reynolds.

Corría el año 1944 en Sucre, capital de Bolivia, el lituano enamorado de Bolivia, Juan Rimsa retrata a su amada alumna Josefina Reynolds y le obsequia la pieza como retribución a su generosidad: ella había prestado su casa para que su maestro  instale una escuela, que  denominó  “Curso Superior de Bellas Artes Rimsa”, lugar donde continuó impartiendo sus enseñanzas a un reducido grupo de alumnos, después de haber sido cesado de sus funciones, en la otrora prestigiosa academia Zacarías Benavides.

A Juan Rimsa le gustaba llamar a Josefina Reynolds “Mi Rebelde discípula”. Se trata de un retrato de carácter intimista, ella figura vestida con ropa tradicional lituana, lo cual expresa un sentimiento de pertenencia al retratista; ella sostiene un pincel con la mano derecha y con la izquierda sujeta otros pinceles junto a una enorme paleta de artista con forma de corazón, que incluso parece ser una suerte de continuidad o parte integrante de su misma figura. Nótese la expresión facial bien lograda en la joven, quien mira apasionada a su maestro.

La obra es importante porque Rimsa utiliza el mismo rostro de la joven Josefina, (que en aquella época contaba con apenas 22 años), en varias pinturas que realizaría posteriormente durante su carrera. El lituano al parecer tenía una fijación especial en ella, fascinado por su particular belleza. 

Curiosamente, los rasgos del hermoso rostro de Josefina aparecen en rostros femeninos de otros lienzos, como la misteriosa figura que mira fijamente al esteta, en su obra maestra ya descrita con anterioridad: “Fiesta Indígena” de 1945.

El maestro pinta también en 1944, a su alumno José Ostria, vestido con una elegante bata amarilla, y al igual que Josefina en su retrato, luce indumentaria lituana, (mientras residía en Sucre).

Desnudo de Josefina Reynolds (Descubrimiento e identificación de la pieza en Chile) 

Rimsa también pintó en Sucre (asumo que el cuadro es de 1944, mismo año en que firma el retrato), un magnífico desnudo al óleo de Josefina Reynolds, de grandes dimensiones, que titula “La Perla”. Se trata de una magnífica tela que plasma la figura desnuda de su bella alumna, acostada sobre una ostra gigante, con las rodillas flexionadas, adoptando una posición casi fetal. Hago notar que su alumna, devenida en una musa inspiradora, tiene el cabello largo hasta la cintura, como ella acostumbra lucirlo en sus años mozos. Josefina se convierte en una Venus, aquella diosa del amor, la belleza y la fertilidad de la mitología romana. Llama la atención que Rimsa pinte a su joven alumna desnuda en el contexto de esta época, cuando vivían ambos en una sociedad sucrense conservadora y llena de prejuicios morales. 

Descubrí e identifiqué “La Perla” el año 2011, el misterioso desnudo de Josefina Reynolds en manos de una colección privada, en el hermano país de Chile.  La familia chilena, de apellido Durán me contactó con la intención de tasar la pieza para intentar comercializarla. A su vez ignoraban que la retratada en el desnudo era Josefina Reynolds y su importancia histórica para el arte boliviano del siglo XX. Sobre la procedencia del óleo sobre lienzo firmado por Juan Rimsa, me informaron que sus antepasados compraron directamente al propio artista lituano, allá por la década de los años 40. 

Lamentablemente la familia Durán decidió vender la pintura a un comerciante lituano, y actualmente se encuentra en paradero desconocido.

Hago notar también que el maestro lituano realizó algunos autorretratos durante su estadía en el país, son dignos de destacar, el que se encuentra actualmente en el Museo de La Casa Nacional de la Moneda, en Potosí (realizado en el año 1944) y otro que pertenece a una colección privada (año 1946), ambos de características postimpresionistas. 

En el salón principal de la casa de Josefina Reynolds, ya entonces convertida en escuela, pinta en 1944, junto a sus alumnos, el primer mural que se conoce en Bolivia: “Fiesta Andina” (óleo sobre muro). Dicho mural todavía se conserva en la antigua casona, en la ciudad de Sucre. 

El maestro lituano pudo finalmente plasmar en sus lienzos la fuerza telúrica del altiplano boliviano, su esencia y espíritu; dejando como legado una vasta producción pictórica que está considerada entre lo más representativo del arte nacional en el siglo XX.

Cronología de la vida de Juan Rimsa

Nació en el año 1903, en Lituania. 

Su padre de profesión sastre, lo envía a estudiar a la ciudad de Viena, Austria “corte y confección”, para que se ocupe del negocio familiar. 

La vocación del joven Rimsa era el arte, quería ser artista, y se propone cumplir su sueño. 

Inmerso en su propia búsqueda existencial, en 1925, contando con tan solo 22 años se traslada al Brasil, país donde procrea una hija. Posteriormente, en 1930 viaja a la Argentina, y allí estudia en la Academia de Bellas Artes, hasta 1934.

En 1935 reside en Bariloche. Llega a La Paz en 1936 y expone por primera vez en esta ciudad en 1937.

En 1943 es convocado para dirigir la academia “Zacarías Benavides” en Sucre, pero es expulsado en 1944.

Traslada su taller a La Paz en el año 1946, y permanece en esta ciudad hasta 1950.

Reside un corto tiempo en el Perú, pero después se marcha a la Argentina. Luego viaja al Brasil.

En 1966 se traslada a los Estados Unidos. Expone en Nueva York.

Fallece finalmente en California, en 1978.

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